...and the best moment is....


Hola a todos, amiguitos y amiguitas que no tenéis cosas mejores que hacer que estar leyendo estas palabras (de lo cual no tengo garantías). 

Aquí estamos de nuevo, presos del agotamiento nervioso, de la cercanía de las mejores noches del año, de la explosión de flores e insectos que perfuman el aire, de la certeza de que lo que uno está haciendo no es exactamente lo que uno querría estar haciendo. 
Con la cabeza llena de lecturas que uno querría recomendar a todo el mundo (Pratchett, Lem, Heinlein, Dick...), los oidos llenos de antiguas canciones de amor y la piel pidiendo a gritos un beso. Tal vez siga siendo la primavera. 
O la prima Enriqueta. 
O la prima Michelle. 

¿Se nota demasiado que no se qué decir?. 

Esto viene a propósito de algo que me sucedió el otro día -o sea, hace unos diez años-. 

Veréis, yo conducía mi viejo carro por las agrestes y salvajes zonas montañosas, rocosas y abismales de la Serranía de Cuenca dirigiéndome al trabajo (suena bucólico. Lo es.) y de pronto, me dí cuenta de que acababa de recorrer al menos treinta y tantos kilómetros sin darme cuenta de ello. 

¿Qué había pasado con ese trocito de mi vida? ¿Dónde estaba?  ¿En qué especie de nimbo abstracto y descolorido había desaparecido? 

En aquel momento tuve una súbita y resplandeciente revelación -sí, lo se. Otra más-: Abstraido en un montón de gilipolleces (vulgarmente tonterías) estaba dejando pasar los segundos de mi vida como si tuviesen que repetirse, derrochándolos en banales y baladíes preocupaciones. Había olvidado que sólo existen el AQUÍ y el AHORA. 

A punto estuve de arrojar por la ventanilla toda mi ropa y de, en pelota picada, recoger a la estupendísima autoestopista de importación que con apenas dieciocho primaveras que se erguía junto a la carretera ataviada con una blusilla translúcida y el short vaquero más diminuto que jamás he tenido ocasión de contemplar. 
¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no seguí la senda dorada que mis concupiscentes apetitos y el momento esquivo abrían ante mí?...

Porque, abstraido en naderías abtrusas y nimiedades existenciales, había olvidado revisar las pastillas de freno

Pasé junto a la irreal diosa del sexo como un missil, azotando sus rubios cabellos con la estela furibunda de mi paso, el rostro descompuesto por el pánico; y descendí por la carretera llena de curvas y bordeada por insondables abismos aullando de terror. 

Cuando, quince minutos de infierno más tarde, logré detener al cabrón del coche en una cuneta cubierta de zarzas que amortiguaron el golpe, rodeado de ovejas; aún pude verla pasar, vana ilusión, sentada en la trasera de un Mitsubishi Pajero que conducía otra chica. Una morena nacional de cutis fresco como nata batida. 
Ninguna de las dos me vio. 
Las ovejas llenaban el universo con sus consonantes bilabiales. No se escuchaba el silencio. 
El silencio de los Corderos.












(Adaptado de  la revista "Again with the Blues".  Abril de 1998)







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Comentarios

  1. ¿Sería tan amable de proporcionarme la coordenadas dónde concretamente se le apareció la irreal diosa del sexo?
    Por cierto, conducía caballos o unicornios?

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  2. Estimado Sr. Prepuzio:
    Las coordenadas que me solicita son las siguientes 39º53´47.42" N y 1º35´29.27"O; aunque es posible que la estupendísima mozuela hace diez largos años que regresara a su ignota tierra natal.
    Por otro lado, iba a pie, con unas delicadas sandalias -a todas luces inútiles para cualquier caminata por el monte-. Me la arrebataron mi estupidez y los tropecientos caballos del Mitsubishi "Pajero"... snif!!!

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  3. No sé que comentar porque la entrada no tiene desperdicio. Son casi las seis, tengo que terminar una asquerosa declaración de la renta y me estoy partiendo de risa :P.
    Un placer haber encontrado este blog :-)
    Besosssss

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  4. Por el bien de todos los contribuyentes, estimada Lili, termine su declaración... es casi más divertido que estas líneas... siempre que uno se ría -como decía mi tía- "igual que lloran en Francia".

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