viernes, 12 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad 2014



Hooola a todos, a todas y a los demás, criaturas pensantes.



Un añito más empezamos nuestra campaña de Navidad. Un añito más, pues, nos place ofreceros, siguiendo una costumbre cuyos orígenes se remontan a la era PreInternet (sí, niños y niñas, hubo vida antes de internet), nuestro Cuento de Navidad.

Si sois veteranos en estas páginas, a estas alturas ya sabréis de qué va la cosa. Disfrutad y sonreid, pues no se pretende otra cosa.

Si sois nuevos, se os debe una breve explicación: 
Poco antes de Navidad, a modo de felicitacíón-regalo navideño y en la creencia de que alguien tiene tiempo para leernos, hacemos llegar a nuestros parientes y amigos (tanto conocidos como por conocer), un cuento. Básicamente porque nos da la real gana.
(si luego os quedan ganas, podéis leer algunos cuentos de años anteriores si pulsáis AQUÍ, cosa que os recomendamos con fervor)

Otra vez va dedicado a aquella sin la que, ni esto, ni muchas otras cosas tendrían sentido o valdrían la pena. Con permiso, pues



                                     Para Aurora.



De modo que ahí está. Bienvenidos, Feliz Navidad y todas esas cosas,


CROSSROADS.                                              Cuento e ilustraciones por Juan Jesús Amo Ochoa

Para Aurora (otra vez, y mil más)

Para aquellos de vosotros y vosotras que, por extraordinario que ello pueda parecer, aún no conocéis Albacete, debo explicaros que está rodeado por un intrincado laberinto de pequeños caminos. Una pesadilla  que ha hecho que varios concejales de Urbanismo se despierten en la noche sollozando pensando en tantos sobres perdidos.

Se enroscan y giran sobre sí mismos, asfaltados unos, cubiertos a partes iguales de grava y baches otros, para conectar el núcleo urbano con un anónimo desfile de diminutas cuadrículas de terreno en diferentes grados de ocupación. Un paseante despistado puede encontrar concurridos merenderos y lujosos chalets junto a chabolas que custodian antiguos huertos; primorosas casitas llamadas “Villa Manolita” o “El rincón de Llanetes” al lado de pijísimos edificios con piscinas ocultas a la sombra de pinos, olivos centenarios, frutales en diversos grados de olvido o setos de aligustre; residentes habituales junto a casas derruidas ocupadas por familias de nómadas.

En la llanura albaceteña, apenas hay referencias topográficas ni indicadores que señalen ninguna dirección y, desde luego, aparte de los que puedan ocultarse en los archivos de los Servicios Secretos del Catastro o en los megaordenadores de Hacienda, tampoco hay mapas. Esto es así porque, discretamente, los albaceteños gustan de retirarse del mundanal ruido a estos refugios ocultos y los fines de semana soleados desaparecen de la ciudad para dar cuenta de los restos mortales de varios centenares de corderos, cerdos y otros animales de granja que maldita la gana que podían tener; apretarse unas cuantas docenas de botellas de ese vino tinto que es gloria del Planeta Tierra; y, ya en el lío, echarse unas siestacas que hacen que Rip van Winkle parezca el epítome del estrés, en un ritual cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos.

Si uno se sitúa detrás del Hospital “Perpetuo Socorro” puede encontrar, sin mucha dificultad, la deteriorada caricatura de una carretera asfaltada que, pocos metros más tarde pierde su disfraz para convertirse en un camino que recorre un par de kilómetros entre eriales llenos de malas hierbas, vallas de alambre, muros de cemento y perros que combaten casos terminales de aburrimiento ladrando como posesos a cualquier ser viviente que acierta a pasar; y que, cual el Okavango, se diluye por la planicie en un millón de caminos subsidiarios, senderos y trochas que, a ojos de los no iniciados, no conducen a ninguna parte en concreto.

Si seguís este camino que os cuento (sin perderos para siempre en la llanura eligiendo atolondrados una bifurcación equivocada) llegaréis, en unos veinte minutos de paseo tranquilo, al punto en el que se cruza con otro.

El cruce está situado exactamente en mitad de ninguna parte, entre cuatro extensiones de campos olvidados de ese tono amarillo pardusco que hace que te olvides inmediatamente de que una vez existió siquiera el color verde. Los edificios más cercanos están a unos quinientos metros y allí, lo único que se eleva hacia las alturas son las ramas resecas, retorcidas y quebradizas de un árbol que alguien plantó una vez y que resiste, ahora y siempre, al invasor.

No se escucha ningún ruido. El eco de un camión lejano vibra en la lejanía, tal vez en Murcia. En verano, un sol el doble de grande del que conocéis, estaría aplastando con su peso a todas las criaturas, grandes y pequeñas. Pero ahora es invierno y ha anochecido.

El clima manchego, como muestra de su tradicional hostilidad, tiene reservado para estas fechas algo especialmente ingenioso: un aire tan quieto y frío que hace las estrellas puedan escucharse: tienen exactamente ese sonido que llega al cerebro a través de los huesos cuando uno muerde un trozo de hielo.

Si estuvieseis siguiendo este camino, en vez de ser juiciosos y quedaros en casa cenando con vuestras familias (por algo es Nochebuena), podríais ver que una figura oscura camina despacio, bien arrebujada en un abrigo negro y envuelta en una bufanda roja. De cuando en cuando saca del bolsillo una pequeña linterna LED e ilumina las formas parduscas y engañosas que cubren el suelo, no vaya a ser que lo que parece un agujero sea en realidad algún tipo de bosta (o viceversa).

La bufanda y la oscuridad no nos permiten vislumbrar nada más que dos ojitos brillantes (es extraño, de pronto me he acordado de Paul Newman en “Fort Apache”) y la puntita de dos orejas blancas, largas y sedosas.

No hay luna. Las cercanas luces de la ciudad borran a las estrellitas más débiles hacia el norte salpicando unos cuantos fotones solitarios y perdidos que convierten la negrura en un gris marengo indistinto. La linternita LED se para sobre las ramas del árbol, cuajadas de escarcha. Y el caminante se detiene a esperar, moviendo los pies con golpecitos nerviosos para evitar la congelación
.
La culpa de todo esto la tiene Aengus, del An Chruit Corcaigh.

El An es nuestro pub favorito, y Aengus es el barman y, si queréis saber algo más de su historia os recomiendo que leáis el Cuento de Navidad del año pasado, donde se presentaron por vez primera estos dos personajes. No voy a repetir sus andanzas aquí. Pero tenéis que saber que, la noche antes de Navidad todos nos reunimos en el An Chruit para tomar unas cervezas, contar unas cuantas anécdotas y, si se tercia, hacer un poco de música. Es nuestra versión particular de la cena de trabajo, solo que ninguno de nosotros trabajamos. Juntos, quiero decir.

Bueno, el caso es que allí estábamos, por la cuarta o quinta Guinness. Ya habíamos celebrado nuestro concurso de relatos (nuevamente lo había ganado Papá Conejo. Ya os contaré su cuento en otra ocasión) y estábamos subidos en la tarima que hace las veces de escenario tratando de sacar adelante una versión dudosa de God rest ye merry gentlemen.

Papá Conejo curraba afanoso con el Bajo, mientras cada uno paseaba su instrumento por lo que de forma benevolente y optimista, imaginábamos armonías celestiales.

Yo creo que sonar, lo que es sonar, sonaba.

Algo.

Pero no podía dejar de ver que las frondosas cejas de Aengus nos contemplaban con una desaprobación que discretamente había saltado las alambradas de la frontera del Desprecio y se había establecido como inmigrante ilegal en el país de la Repugnancia.

No puedo comprender ese abyecto deseo que tenemos de complacer a las cejas de Aengus, pero existe. Es real. Está ahí fuera, como la Verdad.

Cada uno de nosotros, empapado en sudor frío, intentaba dar lo mejor de sí mismo, sangrando los dedos y doloridos los músculos, como esclavos que, con tal de conseguir que el Faraón haga un pequeño gesto de aprobación (tal vez el sorprendido arqueo de una ceja), son capaces de reventarse las espaldas para colocar en su lugar perfecto el último bloque de veinte toneladas en una pirámide empleando únicamente los párpados.

Pero aquellas cejas… aquellas cejas inexorables nos contemplaban como Karajan hubiera contemplado a la Sinfónica de Berlín rebuznando Bailonga, tú eres mi niña bailonga.

Por fin, Papá Conejo se rindió.

- ¿Hay algo que tengamos que saber, Aengus? –

Las cejas se relajaron. Un poco.

- Bueenoo…- fue la respuesta.

Bueenoo. Así, con dos oes y dos es.

Papá Conejo y yo llevamos poco tiempo en la música. No es mucho lo que hemos aprendido hasta la fecha, pero, dentro de lo poco que hemos aprendido, sabemos que “bueenoo”, con dos oes, es una de las peores cosas que se le puede decir a un músico. Significa “no molas”. Significa “no eres bueno”. Significa “un gato agonizante sonaría mejor que tu”. Significa “nunca jamás tocarás bien”. Significa “bueenoo”…

Aengus no es un tipo de muchas palabras. Tiempo después supimos que el fruncimiento de sus cejas se debía a una silenciosa batalla personal contra un caso agudo de aerofagia –ni siquiera sabíamos que Aengus tuviese algo tan humano como órganos internos. No sé, siempre he creído que el tipo es un apéndice del Pub-. Pero en aquel momento, el “bueenoo” nos golpeó con la alegre indiferencia de un iceberg y nos colocó justo donde estábamos: a una distancia inconmensurable de nuestros sueños musicales. Si el virtuosismo fuese un sol que tuviésemos que alcanzar, nosotros estaríamos perdidos en la nube de Oort, y además, a pie.

Abatidos, dejamos los instrumentos y nos agrupamos en torno a las cervezas como los pequeños elefantes se agrupan junto a las matriarcas de la manada buscando consuelo y calor.

- Tíos –dijo alguien –yo había pedido un ampli nuevo a los Reyes -.

Y entonces –aunque sólo aquellos que han sido infectados con el virus de la Música pueden entender su profundidad, lo tremendamente en serio que fueron pronunciadas-, alguien dijo en voz alta las palabras fatídicas, las que todos estábamos pensando:

- Macho, yo vendería mi alma al Diablo por saber tocar -.

En el colegio, algunos hemos aprendido que el sonido son vibraciones. Y que las vibraciones producen pequeños cambios en el entorno. Moleculillas que no molestaban a nadie se ven desplazadas a otro sitio, golpeando a su vez a otras que también estaban pacíficamente perdidas en sus ensueños particulares de molécula. Y éstas, a su vez, molestan a otras en una esfera que va creciendo hasta que nada, nada, se queda en el mismo sitio que unos minutos antes, cuando todos estábamos mucho más guapos callados.

En ese preciso momento, con un melodioso tintineo, se abrió la puerta del An Chruit Corcaigh, la que da al lado de Albacete (hasta mucho más tarde no reparé en que jamás había habido una campanilla en ninguna de las puertas del An).

Y entró la Mujer.

No una mujer, sino la Mujer.

Os ahorraré mis patéticas descripciones porque no le harían justicia. Sólo os diré que era, estaba, era, quiero decir, demasiado buena para ser real -también de eso me di cuenta mucho más tarde-.

Sobre su deslumbrante vestido rojo llevaba un elegante abrigo negro que se quitó con un gesto que me hizo pensar en panteras, antes de pasarse los dedos por una cabellera del color de la lava candente en la que Gollum se reunió, por fin, con su Tessssoro.

Se deslizó hacia la barra (todos estuvimos de acuerdo en que no pudo hacer algo tan profano como poner los pies en el suelo y andar) donde pidió a las cejas de Aengus un Jack Daniel’s sin hielo antes de volverse hacia nosotros y dejarnos el negativo de su sonrisa grabada en la retina durante un par de minutos.

Eso, por mirarla directamente, sin unos cristales ahumados.

- Buenas noches, caballeros –dijo. O susurró. O yo qué cuernos sé. El caso es que su voz permaneció más tiempo del que parecía físicamente posible haciéndonos cosquillas en los pelillos de la nuca.

- Buenazggllchsss –graznó alguien. Yo no fui, porque me acuerdo que, de pronto, tenía la boca seca como un…como una…como una cosa muy seca.

De pronto, estaba sentada con nosotros, mientras aún librábamos una furiosa, discreta, batalla de codazos y apartábamos las sillas para hacerle sitio.

- Hola –dijo. –Me llamo Lucy. Lucy Pheever -.

- Encantglglgb srita Pheeeeerg – coño, parecíamos una reunión de “Gangosos sin Fronteras”.

- Bueno. Iré al grano. Digamos que soy una persona muy sensible e interesada en hacer felices a los que me rodean. He convertido esta afición en, podríamos decir, mi razón de ser. De modo que, cuando pasaba casualmente por la calle, he creído escuchar algo que me ha hecho pensar que podría resultarnos mutuamente interesante tener una conversación –sonrió de nuevo.

Y de nuevo me pilló sin gafas de sol. Parpadeé para despejar las lágrimas.

- ¿brzzzglglg? –

La Mujer sonrió con esa sonrisa de infinita paciencia que lucen las profesoras de Infantil cuando un nene tiene un día particularmente espeso. Esa que parece decir “sé que puedes hacerlo mejor. No me toques los cojones”.

- Quizá es que he entendido mal –dijo la señorita Lucy –pero ¿no es cierto que, hace apenas unos instantes, uno de ustedes ha expresado, de forma voluntaria, sin coacción ni fuerza alguna por nuestra parte, en términos claros y concisos, una propuesta de intercambio comercial que, por una afortunada casualidad, nos encontramos en condiciones de poder atender?-.

Mientras yo me debatía mentalmente con el nos de nos encontramos, Lucy miraba fijamente a Papá Conejo. Mantenía la sonrisa, mientras mi pobre amigo con un tierno aspecto desmochado y triste, buscaba consuelo en las burbujas de su cerveza. Tuve la sensación de que acababa de perderme algo importante, pero no tenía ni idea de qué.

Uno de los chicos, repetía en voz baja el viejo mantra eres un hombre casado, recuerda que eres un hombre casado. Se parecía bastante al mío: que no se entere Mariloli, que no se entere Mariloli. ¿De qué coño no se tiene que enterar? me decía la única neurona racional que había en mi cabeza, más sola y desvalida que un poli intentando poner orden en una estampida de hinchas después de una Final.

-¿Música?-

-Música. Música de verdad. Mejor que la que el mismo Dios podría soñar –contestó ella.

Aengus estaba poniendo una rara versión de The Little Drummer Boy interpretada por Curtis Fuller, que estaba fluyendo como creo yo que deben sonar las voces de los arcángeles; pero no me dio la impresión de que estuviesen hablando de eso exactamente.

-¿Se lo puede uno pensar? –preguntó Papá Conejo.

-Estamos en condiciones de mantener la oferta durante un periodo de 24 horas y, además, añadimos un periodo de prueba de quince días. Si no queda completamente satisfecho, rescindimos el contrato –dijo la sonrisa.

-Pero oye, Conejo, si tú ya tienes móvil –dijo uno de los muchachos. Seis pintas pueden hacer que los procesos mentales se vuelvan ligeramente pegajosos.

-Ha sido un placer, señor Conejo –dijo la Mujer. –Contactaré con usted mañana sin falta –añadió mientras nos dedicaba a cada uno una mirada dulce y hermosa. Todos tuvimos la sensación de ser especiales. Tan dulce y hermosa que permanecimos en silencio, porque estoy seguro de que nos habríamos liado a hostias si alguno hubiera dicho “me ha mirado a mí, tíos”.

Yo aún estaba escuchando el tintineo de la campanilla de la puerta cuando me di cuenta de que Aengus estaba de pie junto a nuestra mesa con una nueva ronda de pintas en una bandeja. Que yo pueda recordar, no hay antecedentes históricos de que Aengus haya abandonado jamás su puesto tras la barra para servir una mesa. El tío incluso había traído un plato con patatas fritas. Algo había pasado. Algo grave y yo no me había enterado de qué.

-Oye, Conejo… –empezó a decir en un tono confidencial. Dos palabras seguidas. Estaba claro: me encontraba prisionero en un Universo Alternativo. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Que nos invitara a las copas?

-…tu no…tu no vas a tomarte en serio esa oferta ¿verdad? –terminó. Su voz sonaba como las olas arrastrando guijarros en una playa rocosa. –He conocido gente, buenos amigos, grandes personas, que han firmado contratos similares. No han quedado nada satisfechos. Créeme, Conejo: lo sé.-.

Sin motivo aparente, de pronto me vino a la cabeza la foto que Aengus tiene enmarcada en la pared, junto a la barra. La dedicatoria dice: Para Aengus, mi único amigo.

La firma Elvis Aaron Presley. 28 de noviembre de 1982.

- ¿Es que te has cambiado de compañía? –dijo el espeso.

- Pues yo tengo contrato con Ponistar y, la verdad, estoy bastante contento –dijo otra lumbrera.

-Qué va. Mira, mi cuñado tenía contrato con Gorraphone y le han clavado un pufo el mes pasado que no veas. Está como loco intentando cambiarse y reclamando-.

-Todas son unas ladronas –terció otro, aportando esta perla de sabiduría como si fuera un profeta bíblico grabando verdades eternas en los cojones de un toro de bronce: el undécimo “Todas las corporaciones y gobiernos son unos ladrones”.

Decididamente, la inteligencia es un producto altamente volátil y si no se maneja con cuidado, desaparece antes de que te des cuenta.

-Si es que usan tías tan buenas con toda la intención. A mí un día me abordaron dos del “Grupo de Lectores” y me encontré suscrito por tres años como por arte de magia. Todos los meses tenía que comprarles un puto libro, coño. A una habría podido decirle que no, pero a dos…Lo tienen todo estudiado –consiguió añadir otro listo antes de que me diera tiempo a aplicarle una colleja que lo redujo al silencio.

-Pero –conseguí decir por fin -¿qué coño ha pasado aquí exactamente?-.

-Nada, tíos –me contestó Papá Conejo. –Me largo a casa, chavales. Feliz Navidad-.

Sobre la mesa, sin probarla, abandonó su pinta de Guinness. Decididamente el Universo que yo había llegado a conocer y a amar, se había desmoronado.

La pobre cerveza huérfana tenía menos posibilidades de sobrevivir que una atolondrada y tierna cría de tortuga emergiendo de la arena en medio de un grupo de gaviotas famélicas.

No sobrevivió.

Y así fue cómo nuestro gran amigo, nuestro colega, Papá Conejo, partió solo al encuentro de su destino. Maldita sea, sí.

Le abandonamos.

Pasé buena parte del día siguiente atareado llevando a mi novia a las compras de última hora. Eso significa que yo iba con ella por las calles llenas de lucecitas de colores, escuchaba una y otra vez a Mariah Carey cantar algo sobre romperse la crisma, entraba en tiendas que rebosaban carne femenina por todas partes y me quedaba de plantón cerca de las cajas, haciendo cola y sujetando un creciente montón de prendas de ropa en colores celeste, malva, gris perla y burdeos mientras ella aparecía a intervalos irregulares para decirme cosas como “Cari, qué te parece esta blusa, ¿combina con los pantalones salmón?” como si de verdad estuviese interesada en mi opinión.

Más tarde, me puse mi mejor camisa y los pantalones de vestir, me peiné y esperé cosa de cuarenta y cinco minutos a que terminara de arreglarse para ir a casa de sus padres a cenar. Cuando se vistió, rechazando alegremente todos mis intentos de despejar su piel de cualquier molesta partícula de ropa a mordiscos; me hizo quitarme la camisa y ponerme otra exactamente igual, pasó los dedos por las solapas de mi chaqueta unas cien veces eliminando microscópicas imperfecciones, me dijo “qué guapo estás cuando te cuidas” y salimos a casa de sus padres. Los cuales, por cierto, me miran como uno mira a una nueva forma de vida mientras aún no sabe si es venenosa o no.

Ni me acordé siquiera de Papá Conejo.

En casa de sus padres, cuando en el más absoluto de los silencios, escuchábamos al rey Felipe iniciar su primer, fantástico y estupendoso discurso de Navidad tuve lo que probablemente sea la única experiencia paranormal que he tenido y tendré en toda mi vida: vi claramente, como por una grieta en la realidad, a mi amigo caminando en solitario por un paisaje desolado, apocalíptico. Lo vi desde lejos, inconfundible, como una figura marchita, oscura y triste que se perdía para siempre en dirección al horizonte. Tras él, escondidas, apenas vistas, se agazapaban unas sombras feroces que le acechaban como alimañas hambrientas.

Y de pronto, como si la borrachera se me pasara de repente, lo supe todo.

-Cari –dije, ignorando la pregunta y las interminables explicaciones que exigía su mirada muda –tengo que salir un momento-.

Y corrí.

Al pie del árbol, en el aire muerto y helado, Papá Conejo intentaba por todos los medios desentumecer los dedos de los pies y de las manos. Su naricilla rosada bien podría estar en Marte, para lo que le servía en este momento.

Pero no cabía la menor duda de que ese era exactamente el momento: las doce de la noche del 24 de diciembre, el reverso del año. Y también era exactamente el lugar: un cruce de caminos, a la sombra del árbol de un ahorcado, una noche sin luna. Y Papá Conejo supo que todo era cierto cuando en el aire frío se filtró una pizca de calor, como el recuerdo de una playa, con olor a salitre y mar.

Parpadeó, y Lucy Pheever estaba allí, visible en la oscuridad como si una cálida luz nacarada iluminase su piel perfecta desde dentro. La rodeaba la brisa que besa las playas de Hawai o de Almería en las noches de agosto, cuando el aire está gritando ¿para qué demonios quieres la ropa, imbécil?

Vestía un pareo semitransparente en rojo fuego, sorprendentemente incapaz de tapar apenas nada y en su mano, incongruente, un pequeño maletín negro, del que extrajo un fajo de papeles y una estilográfica de oro blanco. Cuando sonrió, Papá Conejo tuvo como una visión, un recuerdo de los focos que iluminan el logo de la 20th Century al empezar las pelis.

- Entonces ¿está interesado en el trato? –dijo ella. O susurró. O yo qué coño sé. No estaba allí, pero me estoy acordando de su forma de hablar en el An Chruit Corcaigh.

- Bueno –respondió Papá Conejo –estaría interesado en hacer una prueba, a ver si es exactamente lo que yo estoy buscando-.

-Pues me alegra poder comunicarle que, tan sólo por haber solicitado la prueba, le ofrecemos a un obsequio dentro de nuestra oferta de Bienvenida: el kit Musical Beginner de Hell Inc. que incluye el instrumento eléctrico de su preferencia más un combo de amplificador y altavoces de 100 watios de la marca Bosé –dijo la señorita Pheever –Oferta sujeta a la disponibilidad de existencias. En caso de no estar disponible el producto de la promoción se le proporcionará otro de similares características y/o precio –añadió, a tal velocidad que, un poco más, y Papá Conejo habría pensado que se trataba de un estornudo.

-Oh. Estupendo -.

-¿Qué instrumento le interesaría probar? –dijo Lucy.

-Quisiera probar un Bajo Eléctrico –respondió Conejo mientras sus ojillos relucían de puro placer.

-¿Un Bajo? ¡Excelente elección! ¡Se ve que es usted una persona que quiere ir derecha al corazón, las vísceras y las entrañas de la audiencia! ¡Un músico que sabe lo que quiere y que no se deja atrapar por los fugaces espejismos de otros instrumentos que apenas rascan la superficie del alma humana y cuyas notas se quedan atrapadas en la cera de los oídos! –dijo Lucy al tiempo que abriendo un armario en la Realidad, sacaba un estuche de cuero rígido con cierres cromados y, con no poco esfuerzo, la caja oscura de un amplificador.

Papá Conejo abrió el estuche para encontrarse con un Bajo fretless de seis cuerdas, lacado en negro, que habría hecho palidecer de morbosos deseos a Jaco Pastorius, a John Paul Jones o al mismísimo Richard Bona.

Va a ser difícil describir lo que ocurrió a continuación, niños y niñas, porque tan pronto como Papá Conejo se colgó el instrumento, enchufó la clavija y posó sus dedos sobre las cuerdas, miró…
… y vio que era bueno.

Que cualquier cosa era posible.

Quiso tocar un blues y la noche desapareció, mientras los animalillos campestres lloraban de melancolía en sus madrigueras. Cambió a un rock, y las piedras se quejaron amargamente de que no podían bailar desenfrenadas como era su deseo. Se perdió por senderos funkies durante un rato y descendió por escaleras de puro jazz latino mientras los astros detenían su curso e incluso echaban marcha atrás para no perderse una nota.

Incluso el corazón ardiente que dormía bajo los pechos perfectos de Lucy Pheever se dejó arrastrar por aquella abrumadora mezcla de ritmo y desenfreno. Ni siquiera se dio cuenta de que empezaba a mover las voluptuosas caderas y a seguir el compás con un pie.


-¡Guaau! –acertó a decir Papá Conejo, de rodillas, tras terminar un tema especialmente brillante –esto es…esto es… ¡¡la repera!!-.
-Toda la música que Dios no se atrevió a imaginar –respondió Lucy Pheever, soñadora  -¿y bien? ¿Qué le parece? ¿Llegamos a un acuerdo?-.

-Quisiera hacer una prueba más, un poco para ver cómo sueno –dijo Papá –He traído una cámara de vídeo digital. Tiene un sonido muy bueno y… ¿le importaría grabarme mientras hago un par de temas?-.

-En absoluto. Encantada-.

Bueno. Si me ha costado explicar lo que pasó antes, ahora lo tendría mucho, pero mucho más complicado. Antes, Papá Conejo apenas había calentado. Antes fueron los titubeos iniciales de un músico que afina y se familiariza con un instrumento nuevo. Ahora estuvo sublime. Épico. Glorioso. Titánico. Divino.

Fuentes bien informadas me han comentado que el Apocalipsis, que estaba previsto para esa hora, se pospuso sine die por falta de asistentes: toda la bendita corte celestial estaba mirando por encima del hombro, perpleja. Ángeles, arcángeles, querubines, serafines y potencias estaban tomando buena nota, decididos a incorporar un par de cosicas (¡¡Aleluya, hermanos!!¿habeis oído ese riff?) en sus próximos cantos de alabanza a Dios.

Por suerte no tengo que contároslo. Está grabado. Podéis acceder a los vídeos en alta calidad en Youtube, Tutubaste y Elutubó. (Iba por los diez millones de visitas la última vez que miré)

Fue un puto milagro navideño, coño.

Cuando se hizo el silencio, el Universo pareció un poco más pequeño y más triste. Lucy Pheever reprimió a duras penas el deseo de darle un rotulador y pedirle que le firmase en una teta para tatuarla después. ¿Pero qué demon…diabl…qué narices me pasa?, se dijo.

-¿Y bien? –consiguió decir en cambio -¿está satisfecho?-.

-Pues la verdad –respondió Papá Conejo -es que…

no-.

-¿Cómo que no? -.

-No me interprete mal –contestó Papá –Mola un montonazo. Es la repera. La Madre de todas las Reperas. Pero no me interesa-.

-Pero, pero, pero… ¿por qué? –dijo Lucy. O lo susurró. O lo balbuceó. O yo qué cojones sé, el caso es que tragaba mucha saliva y abría y cerraba la boca como un pez que de pronto se ha dado cuenta de que el agua más próxima está en un grifo. En un edificio sin ascensor. A dos kilómetros de distancia.

-Porque me he dado cuenta de que en la Música, lo que cuenta es el camino. No la meta. Cuenta cada paso que das cada día. Cada cosa que aprendes. Cada pequeño detalle que perfeccionas. Cada punto que obtienes de las personas con las que aprendes y en las que te apoyas para tocar. O para escuchar. Me he dado cuenta de que aprendiendo música, haces crecer esa parte de tu mente que algunos llaman alma. Me he dado cuenta de, si me ahorrase el camino, si me saltase esa paciente disciplina, si de pronto obtuviera esa perfecta plenitud gratis, sin esfuerzo, no tendría ningún valor. Tendría que morirme con el alma a medio hacer. Y eso no sería una cosa buena-.

-Eso es algo que usted sabe muy bien, señorita Pheever. No debería usted aprovecharse de la estupidez humana. Por más que nos empeñemos en que lo haga. No es una cosa malvada: es una cosa mezquina, triste y patética. Indigna de usted, si me lo permite-.

-Al fin y al cabo, usted no tiene ningún problema con nosotros, la gente. Somos pequeños y débiles y usted es radiante, espléndida y poderosa. Por favor…protéjanos-.

La señorita Pheever miró al pequeño conejo durante un largo minuto.
Pensó en decirle “pues tú te lo pierdes, chaval” para desaparecer en medio de una gloriosa llamarada, dejando a aquel enano moralista con tres pares de narices (literalmente) y un poco de cáncer de testículos para que aprendiese.

Luego pensó en que, a lo mejor, era verdad que estaba ya cansada de tanta engañifa, de tanta mezquina triquiñuela nivel “empresa de telefonía”, cutre, totalmente indigna de quien, en sus tiempos fue un glorioso ángel triunfante, casi igual al mismo Dios en luz y majestad.

Cansada.

Aburrida.

Mucho más que harta.

Era Navidad.

Seguramente en alguna parte de las Alturas estarían de fiesta, por el cumpleaños y eso. Todo el mundo estaría de buen humor, buen rollo, Paz y Amor y toda esa mierda. Igual era un buen momento para concertar una entrevista y tratar de llegar a un entendimiento. Seguramente aún no habían encontrado a nadie capaz de sustituirla en su antiguo puesto.

-Pues…nada entonces, señor Conejo –dijo al fin. Había una luz brillando extraña en sus ojos indescriptibles. –me alegra que no hayamos llegado a un acuerdo. Tomaré nota de sus recomendaciones. En fin… espero que nos volvamos a ver-.

-Oh, no, no. Puede quedarse usted con el Bajo. Es el obsequio promocional por haber pedido la prueba y será para mí todo un placer que lo conserve y le acompañe en ese camino suyo. Aunque, si me lo permite, me gustaría dedicárselo –dijo Lucy.

En la lustrosa superficie negra del bajo apareció de pronto la huella de unos labios. Relucían como ascuas.

Luego se inclinó, le dio un rápido beso en la boca (eresunconejocasado, eresunconejocasado, eresunconejocasado…), abrió una puerta en ninguna parte, saludó y se marchó.

El aire helado de la noche regresó con hambre atrasada. Papá Conejo, solo en el cruce de caminos, se colgó a la espalda el estuche del Bajo y contempló dudoso la enorme mole del amplificador.

Menos mal que en ese preciso instante, corriendo por el camino, llegué yo.

Para qué coño están los amigos.

Feliz Navidad, niños y niñas. Feliz Navidad.




PDT: -¡¡Maacho, lo tengo todo grabado!!¡¡Vamos a colgarlo en internet pero ya!! –me gritó.




Podéis descargaros el cuento en pdf si pulsáis AQUÍ


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