viernes, 24 de enero de 2014

La forja de un filósofo.

Sucedió, queridos amiguitos, amiguitas, en aquel lejano entonces, cuando Chuan-Che aún se llamaba  Oye tú, mocoso; que su familia y él vivían en una pequeña casita, en todo idéntica a otro montón de pequeñas casitas que se hacinaban en torno a la ciudad de Wa-shu-rah. 

Todas aquellas chabolas eran tan iguales, desde los trozos de madera de las paredes, hasta los plásticos que hacían las veces de techos, que el pequeño Oye tú, mocoso tenía serias dificultades para encontrar la suya cuando volvía, junto con los demás niños, de su trabajo de dieciséis horas diarias en una cercana fábrica de zapatillas deportivas de marca destinadas al mercado americano.

Nueve o diez de cada diez veces se equivocaba de chabola y entraba en otra que no era la que le correspondía, de donde solía salir a empellones, entre soeces improperios, mordisqueado por los perros o perseguido por los legítimos dueños del lugar. 
Pero eso era algo a lo que nuestro niño estaba acostumbrado, de manera que, tras varios intentos, lograba dar con su casa y allí se quedaba, junto a sus diecinueve hermanos y hermanas. Esa era su rutina y su forma de vivir, cosa que no le disgustaba tanto como podéis imaginar, puesto que no conocía otra. 
Al menos hasta el día que entró en la choza de Lí-si-nah.

La Dama Lí-si-nah que era una anciana muy simpática y muy, muy sabia; vivía en una chabola exactamente igual que la de Chuan-Che, pocos metros callejón arriba, por lo que no es de extrañar la confusión. Y hubiera sido una confusión más, perdida en un maremágnum de despistes similares de no ser por dos hechos singulares:

El primero fue que, por primera vez en sus seis años de vida, Oye tú, mocoso no fue arrojado al arroyo con cajas destempladas, sino que pudo escuchar una voz que le dijo: 

-Creo, niño, que te has equivocado de casa-. 

Cuando nuestro héroe dirigió la vista hacia la propietaria de la voz que tan tranquilas palabras modulaba, se encontró con la mirada amable de Lí-si-nah, la cual, redondeando lo inusual en un gesto claramente extravagante en aquel lugar...¡sonrió!. 
Chuan-Che no tenía muy claro el porqué aquella señora le enseñaba los dientes, pero el gesto no se le antojó amenazador, de modo que no sintió miedo, sino una especie de calmada intriga.

El segundo hecho es que, cerca de la puerta, para que recibiera abundante luz; metida en una vieja lata, Lí-si-nah tenía una planta. 

No era una planta cualquiera. 

Era un vigoroso y sano ejemplar de un raro arbusto chino, conocido desde hace miles de años con el nombre de K’waï, famoso por las propiedades psicotrópicas y alucinógenas de sus hojas y, por ello, prohibido su cultivo y perseguido como atentado al monopolio del Estado. 

¿Por qué la Dama cultivaba el arbusto en su humilde choza?. 

Bueno, aparte del hecho de que no disponía de terreno para hacerlo; de que si hubiera dispuesto del mismo, la ley no se lo permitía y de que era pobre, la Dama cultivaba el arbusto estrictamente para su consumo personal (lo cual puede explicarnos, quizá, la sonrisa y la afable tranquilidad espiritual con que recibió la inesperada irrupción del niño)

Oye tú, mocoso no tenía conocimientos de botánica, herboristería o psicofarmacología, pero sí que, como filósofo en ciernes, tenía una cierta sensibilidad estética innata. Y el arbusto K’waï, casualmente, estaba en aquellos días en plena floración. 

No tiene unas flores particularmente estrambóticas –nada complicado, como los lirios o las orquídeas- pero las que tiene; pequeñas, blancas, delicadas, pueden sin ningún esfuerzo llamarse bonitas. Y además está el aroma. 

Fragante, dulce, ligeramente hipnótico, el perfume del K’waï contrastaba con el hedor de albañal abierto de las calles y las chabolas, como contrastan la Bella y la Bestia, Laurel y Hardy, Tom y Jerry, Popeye y Rosario, Pedro Picapiedra y Pablo Mármol... En otro lugar cualquiera, sin duda hubiera llamado la atención, pero allí... allí resultaba sublime. 

Y nuestro amigo se quedó encantado.

Y ese es el comienzo de nuestra historia. Casi sin darse cuenta, Chuan-Che comenzó a acostumbrarse a acudir al cuchitril de Lí-si-nah. Allí no hacía gran cosa, salvo mirar cómo se abrían las flores y deleitarse unos instantes con su aroma; en lo más parecido a un jardín que hubiese encontrado en sus cortos años de vida (de la fábrica de zapatillas a la chabola, Oye tú, mocoso tenía que atravesar un vertedero de residuos industriales, los depósitos de carbón de la “Chinese Steel & Corp.” y las vías del ferrocarril Wa-shu-rah – Pekín – Macao). 
A veces, con cuidado de que no le viesen los vecinos, entreabría la cortina mugrienta que hacía las veces de puerta y dejaba que el sol alimentase la planta. La Dama Lí-si-nah no hizo demasiado caso a las apariciones del menudo muchacho. Una vez que se aseguró de que no pensaba robarle el arbusto, dejó de interesarse por él, sumida en los ensueños que le llegaban con cada bocanada del humo azulado, denso y aromático de las hojas del K’waï. 

Casi, casi podríamos afirmar que Oye tú, mocoso y la pequeña planta se habían hecho amigos... 

¿Por qué si no el pequeño arbusto parecía perfumar el aire con más ganas cuando se acercaba la hora en que el niño regresaba del trabajo? ¿Por qué si no el cansancio parecía haber desaparecido de los pies del chiquillo al esquivar a los vagabundos y saltar los charcos tóxicos del extrarradio hacia el infecto cinturón de chabolas que aquellas gentes llamaban hogar?. 

Hay quien dice que eso no es posible; que una planta y un ser humano no pueden ser amigos bajo ningún concepto. Que las plantas no pueden sentir y todas esas cosas. No podemos decir nada más al respecto y dejamos el asunto para que juzguéis vosotros mismos... 

(Pero si sois algo escépticos al respecto,  no os contaré nada acerca de mis relaciones con un acebo que crece en mi jardín. Al menos no os contaré nada gratis. Siempre podéis suscribiros cómodamente en la página www.sexpinacas.com, en la que encontrareis 24 horas de video en vivo, miles de fotografias y chats individuales con las más ardientes representantes del reino vegetal)

Mas la tragedia (sí, la tragedia. La primera tragedia en la hasta entonces inocente vida de nuestro amiguito -si descontamos la explotación laboral, el hambre, el hacinamiento y otras menudencias puramente físicas, claro-) se mascaba en el horizonte, apenas imaginada por el chaval. 

¿Qué podía él saber acerca de las fuerzas crueles que el Destino esquivo gusta de desatar contra los pobres mortales? ¿Qué podía su mente infantil imaginar acerca de las subterráneas corrientes del pensamiento adulto? ¿Qué sabía él acerca del inevitable aumento del desorden y la entropía en el cosmos? (pues nada, corcho: el chico no tenía aún seis años y ni siquiera conocía la palabra escuela).

Para ser justos con todos, hemos de señalar que el muchacho llevaba unos días raro. En vez de llegar como de costumbre agotado, desplomándose sobre su sitio en el único jergón familiar; llegaba más tarde, inusualmente calmo y descansado. En vez de llegar como habitualmente, taciturno y silencioso; sus dientes brillaban a través de un extraño rictus en su rostro: ¡una sonrisa!. La madre de Chuan-Che conocía las sonrisas por que una vez había visto una en un cartel anunciador de una pasta dentífrica y alguien había conseguido calmar su espanto explicándole lo que significaba aquella mueca. En vez de llegar como siempre, sucio, mugriento y con su natural aroma a humano sin lavar; el chico traía las manos limpias y el cabello mojado y un cierto olor agradable
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-¿Qué te traes entre manos? -Preguntaba su madre – Estás muy raro últimamente-. 
-Nada -contestaba el niño. -He estado viendo unas flores-.
-¿Flores?-
-La dama Lí-si-nah tiene flores en su casa-
-Si esa es una dama, yo soy la meretriz de la China- (y bueno, ella quería decir “emperatriz”, pero la mujer no había ido nunca al colegio).

Así pasaron los días. Oye tú, mocoso acudía a su jardín privado, (no creáis que no le costaba encontrar la choza de Lí-si-nah, no. También se perdía y entraba en siete u ocho chamizos antes de dar con el correcto), donde pasaba un rato feliz, fingiendo cuidar a su amiga la planta, bajo la turbia mirada nebulosa de la anestesiada Dama. Luego regresaba a casa, a hacinarse con su familia. 

Hasta que un día....

-¿Flores?¡Tú eres un desgraciado! -dijo su madre -Si lo que la arpía de Lí-si-nah tiene en su casa es un K’waï...¡ya decía yo que venías muy contento!...¡Tú has estado fumando esa cosa!-. 

El discurso, acompañado de una cierta dosis de mojicones, zarandeos, pellizcos y capones, pilló al pobre niño totalmente desprevenido.

-Ahora mismo voy a decirle cuatro verdades a esa señora -concluyó la mamá de Chuan-Che -y si me entero de que has vuelto a fumar...¡¡¡ se te va a caer el pelo!!!-.
-Pero mamá...si yo...-.
-Tú te callas ahora mismo-.

¿Qué había sucedido?

Nada del otro jueves. 
O del viernes. 
Ni siquiera del fin de semana. 

Veréis, una vecina de la dama no dejó de observar las frecuentes entradas del niño en la penosa cabaña. No pudo evitar comentarlo con otra amiga suya (y convecina de chamizo) la cual, a su vez, así como de pasada, comentó en una reunión de amigas que hordas de chiquillos entraban quién sabe para qué en casa de Li-si-nah. 
Alguien añadió en algún momento el jugoso detalle de que la dama vendía primorosos cigarrillos de K’waï a los niños. 

Bueno, el relato pasó de boca en boca y, de no ser por que las Fuerzas del Orden rara vez se internaban entre las miserables viviendas, faltó muy poco para que la dama se viera trasladada a una residencia permanente en la cárcel de la ciudad -vulgo, Centro de Rehabilitación y Reinserción Social de Marginados-.

Y ese fue el triste final. 
Efectivamente, la mamá de Chuan-Che fue gallardamente calle arriba a hablar con la Dama Lí-si-nah (también le costó encontrar la casa. Cinco intentos). Qué hablaron entre ellas es cosa que no tenemos muy claro, puesto que hablaron muy deprisa y muy fuerte, pero las conclusiones fueron las siguientes:

1.- Oye tú, mocoso había fumado K’waï.
2.- Oye tú, mocoso era un adicto al K’waï
3.- Oye tú, mocoso no volvería a fumar K´waï
4.- Para ello, el niño no volvería a mirar siquiera la planta. 
                        Esa planta. 
                              Ninguna planta.
                                       Nada verde.
5.- Para ello era mejor que no se acercase siquiera a la choza de Lí-si-nah.

Y eso fue lo que pasó.

Aquí acabaría la historia, como tantas otras historias infantiles, de no ser por que Oye tú, mocoso que estaba destinado a ser filósofo; se detuvo un día en la embarrada calle y pronunció estas palabras, inmortalizadas por la historia y repetidas miles de veces, por miles de personas en miles de situaciones similares. 
¿Qué dijo?. 

Pues el niño, mirando al lejano cielo azul dijo:

-No es justo-.

Moraleja: 
Años más tarde, al rememorar estos hechos ante sus discípulos, que le miraban con expresión absorta y los ojos muy abiertos (empezamos a sospechar que muchos de ellos fumaban también más K’waï de lo aconsejable), Chuan-Che dijo:

-Arthur C. Clarke dijo una vez: Si muchas personas creen en una leyenda, ésta se convierte en realidad ¿Cuántas personas hacen falta? ¿mil?, ¿cien?,...¿No basta con que una sola la crea?. La realidad está en cada uno de nosotros-. 

Pues eso.

Por cierto...¿Hace un pitillito K’waï?”



(Adaptado de la revista "Again with the Blues". Nº 23 Mayo de 2000)



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miércoles, 15 de enero de 2014

Lecturas de invierno. Las letras cabalgan de nuevo.

Hola a todos, niños, niñas, y demás criaturas silvestres, polvo de estrellas, átomos reciclados en el molino del Cosmos...

Una vez más se ha vuelto a llenar el apartado “Leído recientemente” del ewok… de forma que, si no queremos perder cuenta de aquellas cosas electrónicas que hemos ido leyendo en los últimos días, nos vemos en la obligación de dejar un pequeño repaso en este blog.

Por lo que ya hemos dicho anteriormente: porque mola leer. 
Mola mucho. 
Y más en un tiempo en el que las alternativas son francamente tristes.

No es posible poner la televisión sin tropezar con la enésima repetición (sin orden ni concierto, sin respeto alguno a la inteligencia del espectador) de una serie que, quizá en su momento fue original o divertida, pero en la actualidad ya resulta nauseabunda. 
O con una pausa comercial de volvemos en siete minutos (¡¡¡siete minutos, cielo santo!!! Como ahora todas las cadenas son, en el fondo, la misma; ni siquiera se puede huir cambiando de canal). 
O con un noticiario que cuenta cosas que están tan lejos de la realidad como las proclamas del Ministerio de la Verdad del Gran Hermano (y no, no hablo de ese ¿reality?). 
O con un programa tan vacío de contenido o estúpido que resulta fascinante plantearse la idea de que alguien ha gastado un montón de dinero en diseñarlo, grabarlo, distribuirlo y emitirlo…¿con qué fin?

Sólo quedan los documentales de la dos, sin publicidad (demos gracias por los pequeños favores)…pero también se repiten tanto que el cerebro grita desesperado pidiendo alguna novedad.


No es posible navegar por las redes sociales sin descubrir a los cinco minutos que son un hervidero de rumores sin fundamento, opiniones desinformadas disparadas sin digerir, gilipolleces soberanas, proverbios de Pero Grullo e imágenes idiotas. 
Navegar entre tanta escoria y tratar de buscar un poco de verdad o sensatez es posible…pero a estas alturas resulta agotador. Una vez más me llega al móvil el mismo chiste que recibí en cadena por correo electrónico en 1997. ¿Es que hemos perdido la memoria?

No es posible ir al cine sin ver un remake de una peli buena de verdad hecha hace algunos años. La industria apuesta por lo seguro. Hay un derroche de medios, de efectos y trucos (flipamos con las pelis en 3D y con los efectos digitales) pero se echa de menos un contenido, una historia. Algo que aterrorice, emocione, o produzca en el espectador una sensación distinta del aburrimiento extremo. Algo hay, pero la búsqueda de diamantes en el barro cansa. Mucho

No es posible poner la radio sin escuchar el resultado de un proceso de elaboración industrial perfectamente enlatado al que llaman “música” (en un insulto incalificable, indecente, a todos los músicos de verdad que en el mundo han sido). Sin escuchar las opiniones sobre lo divino y lo infinito de sujetos que no tienen absolutamente nada que decirnos, colocados en pedestales por una presunta (y, por cierto, desconocida) “audiencia”. Sin interrupciones a volumen doble alabando las ventajas del sabor a fresa en un nuevo rectoscopio.
Salvo Radio Clásica y Radio3, por supuesto…

Por eso, al finalizar el día, cuando hemos entregado al Dios del Mercado ese tiempo que jamás se nos devolverá, ese pedazo de alma que vendimos a cambio de un plato de lentejas y esa energía que teníamos en abundancia a los seis años, que ardía como una hoguera y que hoy es poco más que la llama piloto de un calentador… cerramos las puertas, bajamos las luces...

...y cogemos un libro.

Y éstos son los que hemos cogido desde la última vez que hicimos una entrada parecida (que, si tenéis curiosidad, podéis ver AQUÍ). 

No hay sinopsis. 

El que quiera que le pisemos el argumento que nos lo diga o que se lo curre leyendo el libro. 
Sí. Ya sabemos que habiendo tanto donde elegir es útil echar un vistazo a esa parte de la contraportada donde nos cuentan de qué va la cosa. 
Nosotros nunca la leemos. 

Nos dejamos enganchar por el título (o no) en un juicio rápido y luego nos arriesgamos a ver qué coño encontramos dentro. Os aconsejamos que lo hagáis. Sed valientes:

Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury
Ya lo hemos dicho en alguna ocasión…no es ciencia ficción, sino poesía. Destila nostalgia, belleza y ecos de la luz dorada de un atardecer de verano. Destila infancia. Imprescindible en un mundo cuerdo.










El sonido de un trueno, de Ray Bradbury
Es un relato no muy largo que, por cierto tiene peli. Pero no puedo añadir nada a lo que he dicho sobre Ray. Sólo que el mundo se quedó un poco más idiota tras su muerte.









El gremio de los magos de Trudi Canavan. 
Se trata del primer libro de una trilogía muy adictiva, las Crónicas del Mago Negro, bien contada y con imaginación. Mola bastante y es difícil escapar de la necesidad de seguir leyendo una vez que empiezas.

La aprendiza, de Trudi Canavan
Segundo libro. Bien. Te mantiene enganchado. La trama se complica. Queremos más. ¿Por qué los hacen trilogías y no los editan todos en un solo volumen? Odiamos la idea de quedarnos colgados a mitad de la historia…

El Gran Lord, de Trudi Canavan. 
Tercer libro. Lo dicho. Mola.

Burlando a la Parca, de Josh Bazell
Un hallazgo. Uno de esos descubrimientos que te alegran el día. Fascinante mezcla de humor oscuro y novela negra. Super adictiva. Sorprendente. Bestia.










Fahrenheit 451, de Ray Bradbury
El libro por excelencia de los amantes de los libros. Nada que añadir, salvo lo profético, profético, profético que resulta. ¿Hemos dicho ya que es profético?



Bajo la hiedra, de Elpeth Cooper. 
Mágica historia, honestamente contada y, en algunos momentos, cuajada de una cierta belleza y poesía. Lo que pasa es que suena un poquito a ya visto...un poquitín. Lo que no implica que no pueda disfrutarse.



Alucinogenia, de Dean R. Koontz. 
Teníamos, ciertamente, ganas de leer algo de este autor. Por muchas razones nunca lo habíamos hecho y eso que se le supone un gran nombre en el campo de la novela de terror y/o suspense. Pero no nos ha llegado. Nos ha resultado demasiado estereotipado, de molde, construido ex profeso para ser vendido. Y no da miedo. Ea.

Darkfall, de Dean R. Koontz
Pues lo mismo. ¿Por qué, con el poco tiempo que tenemos, decidimos darle otra oportunidad al bueno de Dean…? Hay que reconocerle que se lee rápido. Pero no hubo sorpresas. Penica.





El viajero, de Mandelrot
No es que en sí sea original, original, pero en las historias del viajero hay un descendiente directo de Conan, Elric de Melniboné y otros grandes héroes de la novela de aventuras. Épica y un punto de ciencia ficción en un solo envase. Y muertos. Muchos muertos.





Cordero, de Christopher Moore
Gran, genial, enorme descubrimiento. Hacía muchos años (salvo  con Neil Gaiman y Terry Pratchett) que no nos reíamos tan a gusto con alguien. Original, divertidísimo, inteligente, tierno  “Evangelio según el mejor amigo de la infancia de Jesucristo”.



La sanguijuela de mi niña, de Christopher Moore
Otra gran, divertida, inteligente  y adictiva novela del mismo autor. ¿Hay más? ¡¡¡Queremos más!!




La mujer que caía, de Pat Murphy
Interesante fantasía, reflexión sobre la magia y el tiempo, que puede hacerse un poco densa de leer en algunos momentos pero que puede calaros si, como nosotros, a veces, contemplando un paisaje o un monumento, casi podéis ver a aquellos que lo habitaron antes. 
A veces. 
Casi…



Un puente hacia Terabithia, de Katherine Paterson
Cuento largo o novela corta (táchese lo que no proceda) de una extraña y profunda ternura. Triste. Muy triste pero muy bien escrito. Hay peli que, como de costumbre, no termina de captar la emoción del relato original. Curiosamente leemos en internet que se trata de uno de los libros más cuestionados por los censores en Estados Unidos. Si lo leéis y entendéis porqué, no os quepa duda en que estaremos de acuerdo en que los censores son una raza de menguados. 
Menguados voluntarios, que es peor.


13 balas, de David Wellington
Original y cinematográfico enfoque del tema de los vampiros. Es vagamente adictivo, como un comic gore, aunque puede llegar a cansar un poco.

99 ataudes, de David Wellington. 
Ya hemos dicho que es vagamente adictivo. Algo oscuro en nuestra mente nos ha impulsado a seguir leyendo sobre tanto cadáver, disparo y desmembramiento. ¿Por qué será?

Vampiro Zero, de David Wellington
Último libro de la, llamémosla, trilogía. Y sí, efectivamente, hay muchos más cadáveres, disparos, muerte y destrucción, duelos y venganzas. Ea.



Yo, robot, de Isaac Asimov
Colección de relatos internacionalmente famosa, con peli (que no tiene nada que ver con ninguno de los relatos) y que, de vez en cuando, nos apetece releer. Asimov es muy entretenido aunque, con el tiempo, nos ha ido gustando muchísimo más su faceta de divulgador.










Anochecer, de Isaac Asimov y Robert Silverberg
Gran novela clásica que no habíamos leído. Mola, aunque nuestros estándares actuales sean otros.


La senda de la profecía, de David Eddings
Primer volumen de una serie de cinco libros llamada Las Crónicas de Belgarath que cumple lo que promete: aventuras, imaginación, combates y magia. Resulta original el planteamiento de los personajes y, en ocasiones, demasiado numerosos. Pero engancha. Seguro que merece una serie de televisión o un par de películas. ¡¡Ah, no!! ¡¡Que hemos dicho que los productores van a lo seguro!!

La Reina de la Hechicería, de David Eddings. 
Segundo volumen. Hay que seguir leyendo, porque si no uno se queda a medias.

La luz del Orbe, de David Eddings
Tercer volumen. La aventura continua. Y queremos más.

El Castillo de la Magia, de David Eddings, 
Cuarto volumen. Si sois lectores voraces e impenitentes no estaréis cansados y querréis saber qué pasa al final.

La Ciudad de las tinieblas, de David Eddings. 
Quinto volumen, en el que aquesta famosa y terrible historia llega a su conclusión. 
¿No podían meter estas cosas en un solo libro?. ¡¡Ah, no!! ¡¡Que así se aseguran de venderlo mejor!! Pero nos da mucha rabia la idea de leer en fascículos y de comenzar historias que aún no están terminadas. Menos mal que, en este caso, nos habíamos hecho con los cinco libros.

La mano izquierda de Dios, de Paul Hoffman. 
Lo sabíamos. Acabamos de decirlo. Es una trilogía y de momento no tenemos más que el primer volumen. 
Cagüentó.
Ameno y original. Adictivo e interesante. Intrigante historia que, de momento, no sabemos cómo continúa. ¿Lo veis?¿veis lo que pasa?.


El libro sin nombre, de Anónimo. 
Se trata del primer volumen de lo que creemos que es una tetralogía. Su autor “Anónimo” nos proporciona una larga sesión de gore, disparos gratuitos, asesinatos, personajes dispares, pintorescos y marginales, vampiros, hombres lobos, asesinos, cervezas y bourbon. Es tan exagerado que se hace divertido, al estilo de alguna de las pelis de Tarantino o Robert Rodríguez. Como hemos dicho antes, resulta preocupante que semejante sesión de vísceras, sangre, miembros descuartizados y trozos de carne nos resulte entretenida. Y eso que nuestro psiquiatra dice que nos ve mucho mejor.




El ojo de la luna, de Anónimo
Segundo volumen. Nuestro psiquiatra le ha echado un vistazo y, sí, amigos y vecinos, se preocupa de que este…¿cómo llamarlo? “relato”… nos mantenga entretenidos.

Y de momento, niños, niñas, amigos y vecinos, no hay más.

Habrá más en un futuro cercano y, nuevamente, aunque os importe un ardite, un bledo o una ful de Estambul…, os dedicaremos una lista de títulos con una breve opinión. 
Porque nos gusta leer. Y es divertido dejar pistas sobre nuestro paso por tanto territorio desconocido.

Hasta pronto.