El paseante en la Oscuridad (cuento de navidad 2025)
Espero, amigos, vecinas y concurrentes, que la presente historia os pille bien cómodos, calentitos, sentados en vuestro sillón de preferencia y -requisito imprescindible- acompañados de un buen vaso (o copa de balón) del licor de vuestra elección. Bourbon o whiski está bien, muchas gracias.
Dejo pues en vuestras manos el cuento de Navidad de este año. Tan pronto como lo terminéis quedarán, por mi decreto, inauguradas las Navidades, ese mágico momento del año que a mí, personalmente, me invita más a agradecer el hecho de estar vivo y a recordar con cariño a los que ya no lo están; que a gastar, tirar la casa por la ventana y ahogar en ruido y luces este tipo de pensamientos.
Sigo creyendo que la Navidad tiene más de sacrificio que de fiesta. Comamos, bebamos para celebrar que vamos a sobrevivir a otro invierno frío y oscuro. Así sea, poderes que rigen el mundo.
Podéis leer a continuación el cuento, y también podéis descargarlo si pulsáis AQUÍ
Y si os interesan los cuentos de años anteriores…¿por qué no compráis mis libros en los enlaces que se abren a la izquierda, arriba en este mismo blog?
Un abrazo y feliz Navidad, seáis lo que seáis.
EL CUENTO:
El paseante en la oscuridad
Para Aurora.
Siempre ha habido una razón: Tu sonrisa
Extracto del libro de actas del An Chruit Corcaigh.
Velada Navideña del 21 de diciembre de 2025.
Concursante número 3:
Papá Conejo.
Cronista: Simplón.
Como prueba de la veracidad de los hechos relatados en esta historia, según las reglas de la Velada, se adjunta fotografía anexa (número uno) que muestra lo que parece ser un Cementerio en la Oscuridad.
“Según se deja atrás Garrucha, tras pasar por la puerta del colegio, la carretera que lleva hacia el cementerio municipal atraviesa campos de algarrobos asilvestrados, fincas abandonadas, matorrales impenetrables, aliagas espinosas con muy mala hostia (y auténtica pasión por la matemática fractal); y, para delicia de los arqueólogos del mañana, metros y metros de esa mezcla de escombro, basura, cristales rotos, enseres desechados y detritus varios que crece, como un círculo de hongos, en las afueras de cualquier lugar en el que vive gente, sea una gigantesca ciudad, un grupito de chozas de mimbre tejido o -me temo- una base de investigación en la Antártida.
Es un paseo hermoso, muy agradable, porque la carretera recorre una suerte de elevación, el puertecico de las Escobetas, creo que la llaman, de tal forma que, hacia delante, se puede ver el Faro Nuevo de Mojácar; un poco más atrás, el pueblo encaramado a su monte; a un lado, abajo, al este, a poco más de doscientos metros, está el mar; y al otro, abajo también, hacia el oeste, se extiende la planicie del valle del rio Aguas en la que se abren a la vista un buen montón de leguas de paisaje cuajado de caseríos, montañas y las luces de varios pueblecitos perdiéndose en la neblina de la distancia.
Apenas pasado el cementerio, si se gira a la derecha se tiene acceso a los restos de lo que, sin duda, fue la gran idea urbanística de algún listo -el pelotazo definitivo- que, como pasa muchas veces en Almería, se quedó al final en unos cuantos cientos de miles de euros cambiados de bolsillo, la sombra de calles apenas trazadas, con sus alcantarillas, papeleras, farolas incongruentes que iluminan nada; e incluso su propia rotonda perdida en mitad de un campo, absurda, surreal, sin objetivo.
Durante unos meses, adquirí la costumbre de ser paseado por mi adorada Mildred y los perros[1] por aquel lugar. Las calles fantasma, deshabitadas, con la excepción de algún grupo de críos en fin de semana o unos posadolescentes con coches tuneados para rugir algún que otro día; permiten, por lo general, que los perros corran libres, muy contentos, concentrados en meter la nariz y dejar su “yo estuve aquí”, en cualquier agujero, matojo, árbol, pedrusco o poste que merezca ese honor, en función de las misteriosas reglas establecidas desde el principio de los tiempos en el Código Secreto de los Perros.
Como, por pura tranquilidad mental, prefiero evitar los encuentros con otros perros que llevan a sus humanos sueltos, sucede que estos paseos tienen lugar a horas más bien intempestivas, el tipo de horas en el que la gente normal suele estar durmiendo, haciendo vida social o en general, implicada en cualquier actividad que los mantenga apartados de la soledad, el silencio, la calma y la oscuridad.
Cuando intentas escapar del estrépito, de las luces fuertes, de las voces, del ruido en los que se nos obliga a nadar a las personas; no tienes que ser muy listo para descubrir que, por mucho que quieras creer que sí, en realidad no estás solo.
Nunca estás solo.
Una pequeña multitud de singulares criaturas aparecen de pronto, como cuando al levantar una piedra en el bosque destapamos un ecosistema completo, cuajado de seres de los que, un momento antes, no teníamos noticia.[2]
Día sí, día no, por ejemplo, nos cruzábamos con una señora que paseaba con un perro enorme, negro como un trozo de noche. Lo llevaba suelto, de forma que tan pronto como la veía, llamaba a mis chicos y los mantenía sujetos. Ella llamaba a su bestia y nos manteníamos educadamente apartados. No me gusta molestar. Tampoco que me molesten.
Estaba también un señor mayor, delgado, que todas las mañanas aparecía con un carrito de la compra lleno de los objetos más variopintos, para recorrer despacio, con aire cansado, un sendero de tierra -que seguro habían abierto sus propios pies a lo largo de los siglos – en dirección a una finca vallada en la que un pequeño velero languidecía en una laguna de trastos.
Había un hombre que paseaba a cinco galgos hiperactivos como quien conduce una cuadriga, a una velocidad extraña, demasiado lenta para ser una carrera, demasiado rápida para ser marcha atlética.
También estaba el tipo a lo lejos, con un perro de color canela. Nunca vimos más que su silueta recortada apareciendo en lo alto de la colina cuando nosotros deambulábamos por el valle.
Y luego, el Viejecito Gris.
La primera vez que lo vi, casi me cago del susto.
Resulta que, en la parte de atrás del cementerio, hay una pequeña puerta enrejada que permite acceder al interior, o que lo permitiría si no estuviese asegurada con candados y cadenas suficientes para retener a un ejército de zombies.
Está a unos cincuenta metros de la última farola solitaria, que se alza en mitad de ningún sitio, como la entrada a Narnia. Cuando cae la noche, su luz temblorosa hace destacar las tapias blancas como si fueran enormes sábanas flotando en la penumbra.
Como soy un güele[3], decidí que no iba a dejar pasar la oportunidad de echar un buen vistazo, porque dicen que la curiosidad mató al gato; pero yo se, de buena tinta, que el enterarse bien, rebién, lo resucitó.
Ese día, por lo que fuera, estaba solo.
Mildred me había dejado al cargo de los chicos y yo paseaba con ellos en la penumbra azul del crepúsculo. Esa hora en la que una capa de oscuridad coronada de espuma rosa viene desde el este, desde el mar, cuando el cielo está limpio. Que resultan ser las seis de la tarde en el mes de diciembre, puto huso horario de Berlín, cojones, a ver cuándo coño nos cambiamos al nuestro ya.
Llamé a los chicos al tiempo que me acercaba a la reja para hacer una foto. Nichos blancos a un lado, decimonónicos panteones de mármol al otro, una cuesta que ascendía brillaba en la penumbra como las ruinas de una civilización perdida en el tiempo. La oscuridad crecía a ojos vistas, cosas que tenían que estar quietas parecían a punto de empezar a moverse y los primeros rayos de un fuego frío empezaban a subirme espinazo arriba, hasta la nuca.
Cuando ya no podía aguantar más la sensación de que alguien me estaba mirando, los dos tontainas de mis perros empezaron de golpe a ladrar desaforados mirando a algo que estaba a mi espalda.
Frodo, incluso, se pegó a mis piernas para darse seguridad, como hace cada vez que algo le da más miedo que vergüenza, en plan, “acércate si te atreves que, aquí mi parre y yo, te vamos a dar una paliza que te vas a enterar, criatura innominada, horror reptante, descomunal, grotesca que te estás acercando sigilosamente en la oscuridad”. Meriadoc no se arrimaba tanto, pero reculaba despacio mientras el pelo de su lomo parecía la joroba de un camello de erizado como estaba.
-Pero, mira que sois tontos -dije en voz alta, para que el escalofriante horror al que mis perros estaban ladrando supiera que yo no tenía miedo ninguno, y que, por supuesto, estaba seguro de que ni siquiera existía.
- ¿No os tengo dicho que no ladréis? -insistí, más que nada para dar tiempo a que lo que fuese que me estaba acechando desapareciese antes de que tuviera que fulminarlo con una dosis de pensamiento racional y lógico -Venga, a callar de una vez, que ahí no hay nada -dije, al tiempo que me volvía.
Lo más cerca que he estado hasta la fecha a una experiencia cercana a la muerte ha sido aquel momento. Porque, donde yo esperaba el vacío oscuro y desdibujado del paisaje nocturno, me encontré mirando a los ojos grises, pequeños como dos alfileres, de un viejecito descolorido, blanquecino, que a saber cuánto tiempo llevaba allí de pie observándome cotillear por la puerta del cementerio. Juro que el corazón me dio dos saltos en el pecho y se me paró, al tiempo que el alma se me atascaba entre los dientes. Creo que también cambié de sexo durante unos largos minutos porque ni el mejor andrólogo del mundo me habría encontrado los huevos por más empeño que hubiera puesto en la tarea.
El viejecito siguió allí parado, a unos cinco metros, destacando ligeramente sobre el fondo oscuro del paisaje, sin decir una palabra.
-Ah, coño, buenas noches, no le había visto -dije, a modo de justificación y saludo a la par. El hombre no respondió, aunque levantó una mano, su versión de un hola, supongo.
-Frodo, Merry, venid, no molestéis a ese señor -dije a los muchachos, al tiempo que sujetaba sus arneses, alejándolos de la expectante figura -callaos ya de una vez-.
Agachando la cabeza, agarrando con fuerza las correas de los chicos, emprendí la retirada hacia la parte de la tapia del cementerio iluminada por la narniana farola solitaria. Cuando levanté la vista, para más inri, no había rastro del anciano. Salvo que hubiese decidido perderse campo a través, a oscuras, por el laberinto de aliagas geométricas y alcantarillas sin tapa, aún tendría que estar a la vista. Pero nanay. El hombrecito no estaba por ningún lado.
Regresé a casa cavilando, mientras mis funciones vitales se estabilizaban, poco a poco, en sus niveles habituales (niveles que, por otro lado, no complacen a mis médicos, por lo visto); asumiendo que mi legendaria capacidad de observación había sido burlada por un viejecito capaz de acercarse y alejarse de mi persona sin que yo me enterase de cómo, o de cuándo. Es posible que, con la edad, me haya vuelto más distraído, más olvidadizo, más encerrado en mi mismo, más alejado del goce de contemplar el mundo mientras se me concede la oportunidad. Es posible.
También es posible que la explicación -mi cabeza siempre exige una explicación que, a poder ser, no tenga nada que ver con la fe – fuera otra.
Después de esa primera vez, tuvimos nuevas ocasiones de encontrarnos con él. Siempre después de la puesta de sol, siempre cerca de la Última Farola, siempre de golpe, sin saber de dónde había venido o hacia dónde se dirigía. Ni qué demonios estaba haciendo por allí ¿Paseando a un perro? Se podía sentir, adivinar, la presencia de de un perrito marrón, mestizo, diminuto que, a lo mejor, estaba correteando detrás de un conejo o huroneando una madriguera. Pero nunca vimos uno.
Mildred sonreía, decía “buenas noches” y él levantaba la mano, en silencio.
A la luz mortecina del crepúsculo, su ropa era de color gris polvo, como si hubiese viajado mucho con ella puesta. Anticuada: chaqueta, chaleco, gabán y un sombrero que sujetaba con su mano izquierda. Quizá llevaba gafas o quizá no, nunca lo tuve claro. A veces daba la impresión de que la luz moribunda se reflejaba en los cristales redondos de unas gafitas de alambre. En otras ocasiones, eran sus ojos pequeños, oscuros, los que parecían brillar como cabezas de insectos.
Tenía la corazonada de que quería hablar, decir algo, pero que una timidez galopante o una misantropía enorme, se lo impedían. Junto a la mano levantada se adivinaba una sonrisa débil, amable, tan descolorida como él mismo.
-Es un fantasma, está claro -me dijo una tarde Mildred. Acabábamos de terminar nuestro paseo sin cruzarnos con nuestro anciano enigma -Piénsalo: siempre de noche, rondando el cementerio. Gris. No habla. Es obvio: es un fantasma de libro-.
-Si es un fantasma, explícame entonces… ¿por qué está solo? Los cementerios tendrían que estar llenos de fantasmas. Hombres, mujeres, niños, perros…tendrían que estar abarrotados de figuras paseantes y silenciosas en la oscuridad -contesté.
-Y lo están -me dijo, tan pancha -Haz números ¿No te has parado a pensar que, cada día, cualquiera de nosotros nos cruzamos con trescientas o cuatrocientas personas a las que no conocemos? –
-Más o menos. Depende de lo grande que sea el sitio. En una ciudad grande, seguro que muchas más-
-Y de esas personas ¿Puedes decirme a cuántas llegas a tocar en algún momento? -me dijo.
- ¿Yo? A muy pocas. Es probable que a ninguna -habló mi misántropo interior.
-Exacto. A muy pocas. Tocamos a muy pocas. Olemos a muy pocas (por suerte). Saboreamos a menos aún. Sólo las vemos –
-Por suerte también -dije.
-Entonces, si sólo las vemos, ¿cómo estamos seguros de que, pongamos por caso, una de cada diez de esas personas que vemos, no es un fantasma? -preguntó.
- ¿Porque las vemos de día? –
-Vale. Descarta a la gente que ves en pleno día. Es canónico que los fantasmas no resisten la luz solar directa ¿Qué pasa con la gente con la que te cruzas a diario desde el crepúsculo hasta el amanecer? ¿Cómo sabes que uno de cada diez de ellos, uno de cada dos, o quizá todos, NO son fantasmas? -.
- Bueno… para empezar…-me callé. ¿Cómo podía saberlo?
-Piénsalo otra vez: gente silenciosa, que aparece siempre en los mismos sitios. Dedicados a rutinas que no conoces, que repiten y repiten como un castigo. Almas en pena, condenadas a recorrer una y otra vez los mismos lugares, incapaces de liberarse o de comunicarse siquiera unos con otros -me miraba con esos ojos que hacen que me suba la temperatura basal un grado o tres y que siempre me han recordado a los de Marilyn Monroe en Bus Stop. - ¿No es posible que mucha de la gente con la que nos cruzamos cada día lleve, en realidad, años muerta? Los fantasmas sí existen y todos los vemos a diario sin saberlo -.
-Bueno -respondí -NO tengo intención de ponerme a toquetear a todo hijo de vecino que se me cruce en aras de la Ciencia; pero estoy seguro de que sí puedo acercarme a hablar con el hombre gris la próxima vez que lo veamos –
-Que se nos aparezca -dijo Mildred.
-Lo que sea –
-Y lo tocas, para estar seguros –
- ¿Y por qué no lo tocas tu? –
- Tu eres mi valiente conejo – dijo – Mi héroe de la Ciencia -.
-Tu valiente leches –
- Mi caballero, mi…-
-Vale ya con el cachondeito -interrumpí.
-Ayyy, si fueras un palmo más alto…-
-Y dale…-
Pasaron algunas semanas en las que, no recuerdo por qué razón tuvimos desatendido al viejo cementerio. Igual es que nos dio por pasear por las playas y por el paseo marítimo del pueblo, no me acuerdo. De hecho, a todos los efectos, había olvidado esta conversación. O bueno, si no la había olvidado, estaba guardada en un armario profundo, en un desván, en alguna parte de mi cabeza. Últimamente tengo la sensación de que hay un operario interior que se pasea por las estancias de mi cráneo, apagando enormes interruptores que dejan en la oscuridad vastos almacenes llenos de cajas, con su cigarrito en la boca, mientras se rasca distraído el culo, sacándose los calzoncillos de entre las nalgas, antes de irse a tomar un café o un bocata a algún otro sitio.
Bueno, al grano.
El caso es que tiempo después (no hace mucho de esto, porque recuerdo perfectamente que ya habían colocado las puñeteras luces navideñas por las calles del pueblo, o sea, debían ser finales de noviembre), Mildred estaba de nuevo de viaje y yo, más solo que la una, paseaba con los muchachos esperando su regreso. Eran como las diez de la noche. Teniendo en cuenta la soledad y el frío bien podían ser las cuatro de la mañana. Allí no había un alma.
Muy contento, dejé atrás el colegio, caminando junto a la carretera, mientras esperaba que las bestias con las que comparto mis días depositasen cuanto antes sus ofrendas, de forma que yo pudiera recogerlas en una papelera o contenedor cercano -a poder ser antes de que llegáramos más allá del cementerio-. Luego podría liberarlas para que estirasen un poco todas esas patas que tienen, en carreras que hacen que Usain Bolt se muera secretamente de negra envidia, y que ellos se pegan por el puro deleite de correr. Porque pueden.
Alguna avería mantenía la mitad de las farolas apagadas, por lo que las sombras eran más negras que de costumbre bajo una luna llena que convertía en plata azul parte del cielo. Frodo y Meriadoc se deleitaban analizando todo lo analizable con sus sentidos caninos -yo no puedo llegar a imaginar siquiera el tipo de paisaje que ellos podían percibir en realidad[4]-, deambulando de acá para allá, visibles tan solo porque les pongo a cada uno un collar LED luminoso para ahorrarme la inútil tarea de gastarme los ojos buscando un par de perros oscuros en la oscuridad.
Conforme descendía la pendiente, las tapias del cementerio, a mi derecha, parecían brillar como largas pantallas de un autocine.
Seguí caminando. Dejé atrás la farola de Narnia para adentrarme en la oscuridad. Giré la cabeza para llamar con un silbido a los chicos, que se alejaban, cabezotas, en otra dirección mucho más de su interés. Y cuando volví a mirar, mi corazón se saltó de nuevo media docena de latidos porque en medio del camino, mirándome con fijeza, estaba el anciano gris.
-Hola, buenas noches -acerté a decir. Si los flanes hablaran, seguro que su voz sería exacta a la mía en aquel momento.
El anciano levantó la mano. No dijo nada. Frodo y Meriadoc llegaron corriendo, atronando el aire con sus ladridos capaces de despertar a los muertos. Cosa que no tiene ninguna gracia cuando resulta que uno está al lado de un cementerio.
- ¡Haced el favor de callar, que estáis molestando a este señor! -dije mientras ellos se quedaban, juiciosamente, un poco por detrás de mi.
El hombre siguió en silencio, pero esta vez lo tenía más cerca, como a dos o tres metros y podía verlo con bastante claridad. Incluso podía ver la sombra que proyectaba sobre el suelo a la luz de la luna que estaba casi sobre nuestras cabezas. No titilaba. No era un poquito transparente. Parecía frágil y gastado, pero tan real como una piedra.
-Pues voy a tocarlo -pensé -No se preocupe, son un poco escandalosos porque no le conocen. Soy Papá, mucho gusto -dije. Y le alargué la mano.
El anciano la miró como si no supiera o no recordara bien qué coño era ese apéndice, ni para qué se lo tendía. Al cabo de un rato, bajó la suya y la alargó hacia mí.
-Buenas noches tenga usted -contestó.
Su voz era también gris. Sonaba como si viniera de lejos, muy cansada del viaje. Daba la impresión de que había un ligero desacople, un retraso entre sus palabras y el movimiento de su boca, como en un video malo. Cuando su mano tocó la mía, me impactó lo fría que estaba. Fría, seca y un poco blanda, como la tripa de una lagartija.
Ok. No era un fantasma.
(¿Y si es un vampiro?, me dijo, servicial, mi imaginación)
-Callaos ya -dije a los perros -que no me entero de nada –
Y, por raro que pueda parecer, se callaron. Meriadoc se acercó, cauto, a olisquear los pantalones del hombre. No debió de encontrar nada de interés en ellos porque, acto seguido, los dos se largaron a husmear un colchón abandonado que había a unos cuantos pasos a nuestra izquierda, una asquerosidad repleta de olores mucho más atractivos, seguro, que habría hecho las delicias de un forense. Aquel puto colchón tenía historia. Y su propio ecosistema, coño.
- ¡Qué noche tan agradable! -dije, al cabo de un rato, desempolvando mi manual de conversación banal -para ser casi Navidad no hace ni pizca de frío -.
Aproveché su silencio para subirme la cremallera de la parka, bien arriba, hasta el bigote, procurando no dejar ni un milímetro de cuello al descubierto.
-Le he visto algunas veces por aquí -insistí - ¿viene muy a menudo? –
-No vengo -contestó el viejo con su voz viajera, cuando yo estaba a punto de darme por vencido y el silencio había entrado de lleno en el país de la incomodidad -ya estoy aquí -
- ¿Vive usted cerca? –
El hombre giró la cabeza y me miró con sus pequeños ojos negros y brillantes de hormiga. No llevaba gafas, misterio resuelto. Daba vueltas entre sus dedos a un sombrero a todas luces más viejo que mi abuelo. Entre sus labios pálidos, delgados, brillaban unos dientes pequeños, como de niño travieso.
-En otro tiempo sí -contestó.
Parecía divertido por mis intentos de conversar. También falto de práctica. Tal vez llevaba dos o tres eras geológicas sin hablar con nadie. Mi empatía me juega esas pasadas a veces: me llena la cabeza de imágenes tristes. Imaginé al anciano sentado en su cocina, a la luz inhóspita y fría de un fluorescente blanco, en una mesa camilla redonda, cubierta con un hule, mirando un plato con los restos de la cena. Un vaso duralex mediado de vino tinto de cartón acompañaba la escena. Quizá la banda sonora la ponía un transistor en el que una voz monótona leía noticias, rezumando una soledad llena de ecos que llegaban hasta el dormitorio.
Madre mía.
- ¿Y qué? ¿está de visita? -dije.
-Sí, eso mismo: de visita -contestó.
Mirábamos en torno nuestro, como si hubiera algo que mirar aparte de la luna, sin que nuestros ojos se encontraran de frente; asintiendo de vez en cuando, como si estuviésemos compartiendo alguna verdad incontestable. Con el rabillo del ojo intenté distinguir cualquier cambio en el tamaño o forma de sus dientes.
- ¿La familia? –
-La familia, sí -hizo una pausa, larga.
- Aunque para la que me queda casi soy un extraño. Una antigualla -contestó. Y, de pronto, fue como si se hubiera roto un dique de melancolía -De cualquier forma, me habría quedado solo. Me habría tocado el cementerio viejo, el de Tierras Royas ¿Sabe usted?… Sin embargo, toda la gente que conocía, toda la gente a la que amé, todos mis amigos están ahí dentro -dijo, señalando con el dedo las tapias blancas.
-Lo siento -dije.
-No hay nada que sentir. Es Ley de Vida, dicen -contestó -Es una verdad enorme. Si lo hubiera sabido…-
-Entiéndame, siempre se sabe, de una manera u otra -continuó -es un conocimiento teórico. El tipo de cosas que se saben con la cabeza. Como que la capital de Prusia es Königsberg. Nada que ver con saberlo de verdad, con el corazón, como sabemos las cosas que la pura experiencia no ha clavado en el alma. Ojalá tenga usted la suerte de no tener que enterarse en la práctica. Años, años y años diciendo adiós. Despedidas. Renuncias. Y más despedidas. Y recuerdos. Y silencio. Al final siempre, silencio -La vocecita polvorienta del hombre sonaba serena, firme. Y sus ojos de insecto estaban secos. Fuera cual fuese la intensidad de su tristeza, hace muchos años que había dejado atrás las lágrimas.
-Al final sólo quedan recuerdos descoloridos. Y paseos en la oscuridad -añadió.
Estoy convencido de que acababa de escuchar la parrafada más grande que el anciano había dicho desde mediados de los años setenta.
Nos quedamos allí durante muchos minutos. La luna avanzó unos cuantos dedos hacia el oeste. Frodo y Meriadoc, luego de revolcarse en el colchón y de imprimir en él sus marcas (aquí estuve yo; no, aquí estuve yo; no, yo más; no yo mucho más) se sentaron a mis pies, a esperar lo que pasara a continuación, como suelen hacer con fe inconmovible cada vez que me aparto de sus rutinas. Removí los pies, inquieto, buscando algún pretexto educado para dar por terminada la conversación y largarme a casa. Me sabe fatal ser descortés o maleducado cuando me están hablando.
- ¿Puedo hacerle una pregunta? -dijo el hombre al cabo de un rato.
Dije que sí.
-Si alguna vez, supongamos, paseando en la oscuridad, no muy lejos de un cementerio; o de un cruce de caminos; o de un viejo roble del ahorcado…si alguna vez, decía, se encontrase con un desconocido, un anciano como yo y entablase conversación con él, quizá. Y si ese hombre le ofreciese algo. Un acuerdo. Un regalo. Un intercambio, a lo mejor. Algo que podría ser enormemente atractivo: riquezas sin límite. O, mejor aún, vida eterna, por poner un ejemplo. Si ese hombre anodino le ofreciese un trato semejante… –
-Hipotéticamente -dije.
-Eso mismo: hipotéticamente… -repuso el hombre - ¿qué haría usted? -.
- ¿Qué qué haría yo? –
El hombre asintió.
-Yo correría -contesté - Pies en polvorosa, a toda leche, intentando poner la mayor cantidad posible de terreno entre esa oferta y yo. Continentes de distancia, a poder ser. Hipotéticamente –
El hombrecito me miró directamente a los ojos. Sonrió con sus dientes chiquitines como perlas.
-Es usted un Conejo bastante sabio – me dijo.
En aquel momento, Frodo y Meriadoc se levantaron para ladrarle a algo que no podía ver ni oír en la oscuridad. Cuando me volví a mirar, el hombrecito gris no estaba allí.
-No es usted muy buen vendedor -dije, en voz alta, a la Oscuridad.”
Anexo del cronista, Simplón, en el que se hacen constar las cuestiones planteadas por los asistentes:
Pregunta número uno, formulada por el señor Lissto.
- ¿Y ya? –
- ¿Cómo que “¿y ya?” – responde Papá Conejo.
- ¿Qué más pasó? ¿Lo volvisteis a ver? –
-Eso está fuera de la historia -contesta Papá -pero por si os interesa, la verdad es que no, no hemos vuelto a verle -.
Pregunta número dos, formulada por Iris:
- Entonces ¿era un vampiro o no? –
- ¿Y cómo quieres que lo sepa? – responde Papá Conejo - Estoy seguro de que un fantasma no era. Estreché su mano. Era sólido, no un moco ectoplasmático -.
- Pues vaya mierda de historia. Que conste en el acta que es una mierda de historia -indica Iris.
No hay más preguntas.
Se hace constar que la presente historia ha recibido 4/9 votos favorables, por lo que queda en CUARTO (4) lugar en el concurso de este año.
Feliz Navidad a todos, a todas y al resto de la concurrencia.
[1] Creo que sus nombres no han sido mencionados en estas historias, pero, por si acaso y por si es vuestra primera vez paseando por este universo os los comento: Frodo y Meriadoc. Meriadoc lleva con nosotros ocho años ya; y el Mediano, Frodo, ya hace casi cuatro que se unió a nuestra comunidad. Y sí, lo se, Mildred y yo somos un par de putos frikis. (N. del A.)
[2] Si es el caso que, recientemente, habéis cometido tal tropelía; en nombre de todos los biólogos, conservacionistas y amantes de la naturaleza en general, os rogaría que, con todo el cuidado del mundo, volvieseis a dejar la puñetera piedra como estaba. Para vosotros no es nada, pero para ellos es todo el universo. Un poco más de empatía, por favor. (N. del A.)
[3] Güele: un enterón de marca mayor, un bacín, un cotilla, persona de gran curiosidad e interés por asuntos que, habitualmente, no le conciernen. (N. del A.)
[4] Estoy convencido de que, a su manera, ellos tienen el poder de “ver” el tiempo al combinar en una sola imagen olfato, percepción del calor de los seres vivos, una cojonuda visión nocturna y la capacidad de escuchar hasta la respiración de los topos por mucho que se escondan. En comparación, las personas tenemos la agudeza sensorial de un saco de boxeo (N. del A.)


Como cada año. Un cuento precioso. Narrado con mucha naturalidad. Es pura armonía.
ResponderEliminarMuchísimas gracias por tu amable comentario. Me hace mucha, mucha ilusión saber que disfrutáis de estos cuentos. Para eso se escribieron, así que es como ver cumplido un sueño.
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