EL CASO DE LA GRAN MURALLA DE ZASKA



 

Consideremos el caso de la Gran Muralla de Zaska. 


Esta deslumbrante obra de ingeniería fue iniciada en torno al año 12336 A. de EC.[1] y se terminó unos ciento cincuenta años más tarde a un coste razonable -las exigencias salariales de los esclavos no fueron más allá de pedir media patata más cada semana, su Divinidad, por favor, si es posible, sentimos importunarle con nuestra existencia y gracias por el latigazo en el escroto, su Clemencia-.


Totalmente infranqueable, rodea por completo el continente. Cruza las cordilleras de Kimekaigo y Jokepenya, el abismo de Vayaoyo, y señala el borde del desierto de Nosesawe, aislando totalmente al gran imperio de Zaska de las influencias del malévolo MundExterior. 


Cada quince metros, se alza un torreón de guardia. 

Y en cada torreón, un soldado armado hasta los dientes, vigila con expresión hostil -de hecho, en las oposiciones a soldado, se valoran especialmente las grandes cejas peludas (dos puntos), que se unen sobre la nariz (otros dos puntos), los ojillos pequeños, oscuros y perversos (dos puntos más) y, en general, las caras del tipo “me molesta saber que respiras, forastero” (doce puntos)-. 

Como la muralla mide 7632,55 millas zaskanas de largo[2], esto significa que hay exactamente... muchos soldados de mirada aviesa mirando hacia fuera desde el imperio Zaskano, cargados de armas particularmente ingeniosas en su capacidad de hacer cesar los procesos vitales en los sujetos incautos; y dispuestos, por la vía de la persuasión física, a disuadir  de sus intenciones, sean cuales sean, a cualquiera que se detenga a mirar la Muralla –desde fuera- un poco más del tiempo que se necesita para decir: “¡Caramba, vaya pedazo de Muralla tienen ustedes aquí!... ¡Ejem!, ¡Bueno! ...yo ya me iba...¡Ups! ¡Qué tarde se me ha hecho, caray!”. 


Si hacemos caso a los sabios callaremos, porque los auténticos sabios callan, escuchan y es difícil sacarles prenda. Sin embargo si, acaso por inseguridad, prestamos oídos a algún que otro reputado académico, nos enteraremos de que la Muralla debe su existencia a lo que estos eruditos llaman “Gran Migración Masiva de la Leche”. 

En aquel tiempo, el imperio Zaskano florecía en esplendor y riqueza bajo el reinado del Sublime Hijo del Cielo y las Estrellas Lord Bartolomé Modesto IV “el Sencillo”. Sus caravanas recorrían los mercados de todo el mundo. Su flota dominaba los mares, haciendo llegar a los rincones más alejados del Plano[3], las cotizadas, carísimas y, sobre todo molonas, manufacturas zaskanas. 


Ser ciudadano de Zaska era pertenecer a una élite a la que los mismos dioses aspiraban. Zaska, la tierra de la Riqueza (enorme), de la Religión (verdadera), de la Justicia (auténtica) y de la Libertad (duradera), era el faro en el que se miraban el resto de los pueblos del MundExterior. Cualquier tipejo de Anfralia o de Gusawara pagaba lo que fuera por unos pantalones zaskanos. En todas partes se abandonaban los vinillos y licores de la tierra, pues lo que se estilaba, lo más “in”, era acompañar cualquier comida con néctares zaskanos de sabor tan original como el Gouga-ghoul-ahhh. 

Los intelectuales zaskanos dictaban la verdad en todo el mundo. Sus artistas iban de acá para allá mirando con divertido interés el trabajo del resto de los mortales (¡Oh, querida! ¿Has estado recientemente en Ajwalandia?¡No te lo vas a creer!¡Tienen unas catedrales o como-se-llamen tan pintorescas!) y haciendo propuestas revolucionarias que marcaban el camino de la modernidad y la moda. Se sentían bien al hacerlo. (¡Oh, querido!¡Tenemos una obligación hacia esas pobres gentes!¡Al fin y al cabo el “Zaskan-güey-of-laif”[4] es una aspiración de todos los Seres Humanos y también de esas gentes, sencillas, pero buenas!).


Una Ley Cósmica Fundamental del Cosmos reza “Existe una relación inversamente proporcional entre el nivel de riqueza X que fluye por un Imperio dado, y el deseo de mancharse las manos en trabajos sucios Y de los ciudadanos del Imperio en cuestión”. O, en palabras de la Primera Dama del Imperio Zaskano en tiempos de Lord Sinforoso VIII “el Lacio” :

-¡Oh, querida, no te preocupes! ¡Esas pobres gentes no sabrían hacer otra cosa!¡Parece que tuvieran un instinto natural para aprovechar la basura! ¡Seguramente incluso encuentran mil formas gratis de emplear nuestros desperdicios! ¡Son taaaan pintorescos! ¡En cambio, (suspiro) yo, me encontraría perdida si tuviese que hacerme un triste canapé!-.


En la limpieza de las calles, en el servicio de las mansiones, en las terrazas de los chiringuitos, en la construcción de suntuosos palacios, en aquellos menesteres en los que ningún zaskano tenía el menor interés en mancharse las manos, gentes de Gusawara, de Ajwalandia, de Anfralia -con aquella piel claraenfermiza, el cabello de paja y esos ojos azulados que daban ese yo-qué-se-qué-uffff a los sanísimos, hermosos y oscuros como la noche zaskanos- brotaron como hongos como si se hubiesen materializado de la nada exclusivamente para aquellas labores serviles. Ningún zaskano en su sano juicio se preguntaba cosas como de dónde venían. En general su actitud se limitaba a saber que estarían allí para recogerlo todo después de las orgías.


-¡Oh, querida! ¡No sé cómo he podido pasar sin mi chica! –decía una señora zaskana a otra -¡Son tan trabajadoras! ¡Me tiene la casa limpísima, los niños levantados y el desayuno puesto antes de que me de tiempo a salir del baño de leche de burra!-

- Sí, si, pero no te puedes descuidar –respondía la otra. –Si no estás pendiente te rompen las cosas o, peor aún, te roban, como le pasó el otro día a una amiga mía.-

-¡No me digas! Cuenta, cuenta...-


Existe una característica fundamental de los mamíferos a la que ninguno de nosotros, gusawarianos, ajwalandianos, zaskanos o anfralianos somos excepción: procedemos de familias y formamos familias a la menor oportunidad que nos dan –de hecho, incluso antes de tener oportunidad alguna-. 


Esto significa que los barrenderos, los albañiles, las criadas, los mozos de cuadra, los recogedores de boñiga fresca, los portaparaguas, las masajeadoras de pies, los depiladores de orificios, los pintores, los chóferes, los cocineros y los fregaplatos, a pesar de su individualidad inicial, tenderán irremisiblemente a crear en torno suyo agrupamientos de tres, cuatro, cinco o más personas[5].

Es como la gravedad y no parece haber remedio posible, razón por la cual nadie intenta remediarlo y, por el contrario, nos dedicamos a crear familiares extra de forma más bien entusiasta.


De esta manera Zaska se encontró de repente[6] poblada de gentes pálidas del norte, levemente tintadas del sur, ligeramente tostadas del oeste y francamente enfermizas del este. Cada día nuevas caras atravesaban las fronteras del Imperio mirando en torno suyo boquiabiertas buscando el oro que pavimentaba las calles y la comida colgando de los árboles, para encontrarse sumergidas en un mundo en el que casi cada persona tenía una habitación para ella sola, había grifos en todas las casas, exactamente... muchas personas tenían el horroroso problema de estar gordos y, además, cientos de miles de piezas de oro  se empleaban en fabricar vestiditos y comidas de sabores diversos para los perros. Los ajwalandianos –cuya opinión general acerca de los perros incluía el tueste a la brasa y una salsita de setas- alucinaban en colores. En Ajwalandia los perros estaban para comerse la basura y de esa forma transformarla en comida para la gente. Gente para la que estar gordo no era un problema sino un sueño erótico. 

Los gusawarianos –en cuyos pueblos el agua se pagaba a precio de oro (o aún más porque ¿quién narices es capaz de beberse un vaso de oro?)- se pasaban horas abriendo y cerrando grifos y llenando botellas que atesoraban por todos los rincones y que enviaban por correo a casa. 

Los anfralianos –que en sus poblados opinaban con entusiasmo que donde duerme uno duermen veinte y que es una estupidez gastar tanto espacio en dormir uno solo- llenaban de humanidad las casas en las que vivían para desesperación de sus caseros zaskanos. 

Los maestros de las escuelas zaskanas se quejaban de que ellos no hablaban ajwalandés, anfralio  ni gusawaro y que no sabían cómo enseñar nada a esos niños extranjeros –por más que tuvieran dos piernas, dos brazos y todo el set completo, los maestros parecían encontrar una serie de diferencias intrínsecas entre un niño zaskano y otro que no lo fuera. Si les hacemos caso, los niños zaskanos jamás alborotaban, lo entendían todo a la primera, se lavaban veintitrés veces al día, poseían inmunidad natural contra los piojos, y jugaban en silencio y ordenadamente cuando el profe no estaba en clase -.


Este estado de cosas es el que el Barón Garcinuño VII llevaba años esperando.

No fue la primera voz, sino el eco de muchas otras que llevaban algún tiempo rezongando las típicas obviedades: No Son Como Nosotros. Zaska Para Los Zaskanos. El Trabajo Libera. Extranjeros Gou Joum[7]. Compre En Almacenes Flop (siempre hay algún aprovechado). Detened La Invasión. Lo Oscuro Es Bello. No A Los Lechosos. Salvad Las Ballenas (también hay siempre algún despistado). Cerrad Las Fronteras Del Imperio. Zaska Racialmente Unificada. Etc, etc, etc...


Creo que no está escrita en ninguna parte, pero existe Otra Ley Fundamental del Cosmos que reza: Si alguien que no conoces te intenta convencer de que tienes un problema, es que piensa sacar tajada de la situación.

 

No vamos a entrar en los entresijos políticos del momento. Baste saber que el Barón Garcinuño, con el apoyo del Gremio de Fabricantes de Material de Construcción y Utensilios de Disuasión, tuvo en jaque a Lord Bartolomé Modesto IV durante muchos años, y que a punto estuvo de hacerle perder el trono del Imperio y la Corona con brillantitos carmesíes, lazos y topitos a juego en raso beige.


Le salvó la genial idea de construir la Muralla. 

Una muralla inmensa e inexpugnable que frenara la marea humana que amenazaba deslustrar el brillo de ébano de las pieles de los zaskanos convirtiéndolo en un pálido caféconleche. Una marea inmensa que, a decir de los garcinuños, amenazaba con sorber hasta la última gota de las riquezas zaskanas. Un flujo incontrolable de ideas, pensamientos, sueños y opiniones, ¡oh, no!, diferentes.


Fue una buena época para los fabricantes de ladrillos. También fue una buena época para los fabricantes de cemento. 

Los esclavos y prisioneros políticos acaso mantuvieron una opinión no tan favorable, pero realmente nadie se molestó en recorrer los establos y barracones en los que se hacinaban preguntando: -¿Piensa usted que se trata de una época de bienestar generalizado? –responda, por favor, “SI” en la casilla al efecto-, de manera que no podemos estar seguros. 

También fue una buena época para los tipos cejijuntos, aviesos y de mala uva. Y para los coroneles, comandantes, capitanes y demás encargados de dirigirles. Había muchas torres de vigilancia y muchos soldados en cada torre mirando hacia fuera. Y los zaskanos se mostraban encantados con ese estado de las cosas, ignorantes de que, en cualquier momento, a toque de silbato, los soldados unicejos podían volverse –con sus armas- para mirar hacia dentro.


La marea se redujo a un chorro. Un chorro que generaba cuantiosos beneficios a muchos soldados unicejos, y a sus capitanes, y a los propietarios de barcos, de carretas con doble fondo, de picos y palas para cavar túneles y, en suma, a cualquier entusiasta del libre mercado que entendiera que la demanda por entrar en Zaska suponía un buen negocio para quienes pudiesen ofrecer medios para ello[8].


Buena época también, pues, para los empresarios autónomos emprendedores.


Mas ¡ay, dolor! Bartolomé Modesto IV y CIA repararon entonces en uno o dos detalles sin importancia: los fabricantes de ladrillos y de cemento, simpatizantes abiertos de la causa de la Muralla, no permitieron que sus simpatías les llevasen hasta el absurdo extremo de regalar estos materiales al Imperio. Los cobraban. 

Y los cobraban bien.

Además, los exactamente... muchos soldados unicejos armados hasta los dientes tenían que ser pagados. Cuando no recibían su salario, mostraban una enfermiza propensión al amotinamiento, el saqueo, la violación, la revuelta y los linchamientos públicos en los que empleaban con gran alegría las malévolas e ingeniosas armas de las que el propio Imperio les había provisto. Exactamente... muchos soldados unicejos descontentos eran un argumento que no podía ser ignorado fácilmente a la hora de subir los impuestos.


Bartolomé Modesto IV perdió su cariñoso apelativo de “El Sencillo” y fue bautizado por el pueblo llano como “El-capullo-del-emperador-a-quien-ojalá-se-lleven-los-demonios-en-cómodos-plazos”, aunque esta denominación no quedó recogida en los libros oficiales de historia. Subieron los impuestos. 

Varias veces. 


Los costes de mantener exactamente... muchos soldados pertrechados sobre una muralla desmedida apenas dejaban algo de calderilla para mantener el sistema imperial de hospitales, bibliotecas, mercados y asfaltado de caminos. Incluso peligraron los Juegos del Domingo en los Coliseos de Zaska. 

Por otro lado, para los artistas, los intelectuales, los genios zaskanos, dedicados a crear y a dictar cánones de belleza; las camas que antaño, simplemente se hacían solas, ahora se negaban tercamente a dejar de apestar a sucio. Los huertos, que, al parecer mágicamente, preparaban las ensaladas que adornaban sus mesas, ahora permanecían obcecados en oler a estiércol seco y lleno de bichos sin producir nada mínimamente comestible para alguien que no fuera un escarabajo pelotero. La basura de las calles había dejado de desfilar autónomamente hacia los vertederos y se acumulaba en los portales, haciendo arriesgado el salir a la calle ante la amenaza velada de las cáscaras de plátano. 


Los escasos niños –¿Qué zaskano racional pensaba en dejar que su vida la hipotecase uno de aquellos pequeños fastidios con patas? Un perrito daba casi la misma tabarra, pero al menos, no hablaba- no parecían contener una gran promesa de futuro para el imperio. A la pregunta ¿qué quieres ser de mayor?, la mayor parte de ellos hubiera contestado ¿por qué no te pierdes, abuelo, que no me dejas ver el partido?.


Inexorablemente –también hay en ello implicada alguna Ley Fundamental, creo. Ese día tampoco estuve en clase- la hierba del descontento arraigó, creció y floreció entre los zaskanos. Pronto amenazó con dar fruto: un fruto redondo, grande, duro y de color rojo sangre. Por suerte para Bartolomé Modesto IV y CIA, ese día, los exactamente... muchos soldados unicejos se dieron la vuelta y miraron hacia dentro, como estaba previsto.

 

Hoy por hoy, al parecer, entrar en Zaska es sencillo, si uno tiene interés, suponiendo que le apetezca donar casi todos los frutos de su trabajo diario al Fondo para el Mantenimiento de la Muralla y las Torres.

Lo complicado es volver a salir.

 

Los exactamente... muchos soldados necesitan voluntarios que les alimenten, vistan y costeen sus pertrechos y sus pensiones. Por alguna razón desconocida, todo vestigio de voluntariedad desaparece tan pronto como uno cruza las puertas de Zaska. Salvo que las apetencias de uno incluyan los látigos, las cadenas y una vestimenta escasa –por no hablar de la alimentación y los modales en la mesa-, la mayor parte de los que estamos fuera, preferimos seguir fuera. Y los que ahora están dentro, también preferirían salir.

 

Es una buena época, pues, para los empresarios autónomos audaces que están fuera.

 

Sin embargo, lo extraño, es que en Ajwalandia, Gusawara y Anfralia últimamente se escuchan ecos de voces que dicen cosas como: Detengamos La Marea Negra. Anfralia Libre Para Los Anfralianos. Gusawara Racialmente Unificada. Ajwalandia Pura. Calcetines Snadel, Los Mejores Para Sus Pies. Extranjeros Gou Joum[9]. Oferta Tres Por Dos. Ley de Extranjereidad Para Los Migrantes. MundExterior Para Los Que Lo Trabajan.

 

FIN.

 

EPÍLOGO: Quisiera recordar a nuestros amables lectores que esta es una obra de ficción. Que cualquier parecido entre los personajes y situaciones descritos y la realidad es pura coincidencia. Que este tipo de absurdos solo pueden suceder en mundos procedentes de la fantasía enfermiza de sus autores. Y que no se preocupen: sus gobiernos están verdaderamente interesados en cuidarles a ustedes personalmente.

 

 



[1] Antes de Eufrosino Cilicio.

[2] Al cambio, 7633 kilómetros por la cosa del redondeo.

[3] Podría haber dicho “Globo”,  pero ningún emperador zaskano se había pronunciado aún sobre la posible esfericidad del mundo. Y no soy quién, yo, para enmendarle la plana a los Emperadores.

[4] En zaskano en el original.

[5] El número depende de si hay televisión y de los partidos semanales que se retransmitan

[6] En un periodo de unos 25 años. O sea, de la noche a la mañana en términos geológicos...

[7] En zaskano en el original.

[8] Creo que esto también está recogido en una Ley Universal, pero ese día me fumé las clases.

[9] En gusawaro en el original. Es chocante el asombroso parecido entre las dos lenguas.


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